Comala, 26 de abril.
Querida Ofelia:
Escribo esta carta con la intensión de que puedas leerla algún día, y si ya no me encuentro aquí sepas lo mucho que te extrañe.
El tiempo ha pasado desde tu partida y aún me parece que te veo en todas partes. Debo aceptar el destino que la providencia ha procurado para mí.
El pueblo sigue en un silencio aterrador, da la impresión de que nadie vive por aquí, el caminar en el día sigue siendo una tortura, la tierra está tan caliente como brasas de fuego, el sonido del viento recorre las calles polvorientas y los rincones de este triste lugar, hasta la media luna dejó de ser ese sitio majestuoso para convertirse en una estampa más de este mortuorio pedazo de tierra. Las almas que recorren estos parajes parecen sombras que flotan de un lado a otro como buscando la redención a sus propias conciencias.
Las noches son eternas, parece que el tiempo se detiene en medio de nuestro pesar. Anoche mientras dormía, las ventanas de la habitación se movían sin cesar, el murmullo del viento trajo consigo un vendaval de recuerdos y en mí angustia pude escuchar tu voz. Me senté en la cama inmerso en mis pensamientos, al ver el otro extremo de la habitación estaba Don Bartolomé con sus botas y el sombrero que se ponía en la mina, con una mirada perdida su rostro se volvía hacia mí y me preguntó por ti, le dije que ya no estabas, que te habías ido, y después de un silencio volvió a musitar algunas palabras, me preguntó cómo estaban los trabajos en la mina. Tuve un poco de dudas, pero le recordé que ya hace mucho que ya no trabajó allí, entonces sus ojos seguían mirándome, un escalofrió recorrió toda mi espalda me levanté y miré por la ventana, estuve así algunos minutos, pero al voltear ya Don Bartolomé se había ido.
Escribo desde la sombra de lo que algún día fuimos, desde las penumbras de la inmensidad de este lo que un día fue nuestro hogar, una lagrima fugaz recorre mi mejilla mientras mi corazón anhela volver latir, donde mis esperanzas se han vuelto mi sustento y mi amor por ti seguirá siendo el faro que ilumine mis amargos días, recorriendo las calles de este triste pueblo que dejó de creer en la vida, pero que la vida dejó de aferrarse a la gente.
Cartas desde el polvo
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