Comala, 25 de marzo de 2020

Querida hija,

En cuanto recobré el conocimiento, me encontré en un lugar indescriptible que me eriza la piel: la cuna de la angustia. Sentí una opresión insoportable. Vacío. Oscuro. Solitario. Como una pesadilla de la cual debes despertar de inmediato; sin embargo, deambulo como un ebrio en un paisaje lóbrego: un laberinto de palabras borroneadas sobre un fondo polvoriento y gris, en lo más árido de Comala.

Recuerda el calor del poniente, con olor a fango estancado. Desde este sitio quise escribirte una carta. En mi lecho de muerte dije: «Yo nunca hice mal a nadie». Hoy te escribo para decirte que me equivoqué.

«No muestres debilidad», te enseñé. «Debes ser la que domina. Gana. Se cruel si es necesario. Mira por lo tuyo». Lo decía por mi arrogancia. Ni siquiera pensaba en ti.

Creí que todo esto pasaría al abrir los ojos. Pero no. Hace poco estaba con un empleado que escuchaba  y asentía a mis desvaríos. Necesitaba eso. Gasté años en proyectos; nunca me sentí saciado. Terminaba uno… y ya buscaba otro más ambicioso. Me decías: «¿Hasta cuándo, papá? ¿Cuándo tendrás suficiente?». Pero yo vigilaba todo. No permitiría que nadie se burlara de mí.

Pagaba con billetes sueltos para contarlos frente a ellos. Me mofaba por dentro. Buscaba ambición en sus ojos, pero algunos apretaban los dientes. Ahora entiendo: hería su dignidad. Reían cuando yo reía, incluso si los humillaba. Me creí imprescindible. ¿Dónde está ahora mi gloria?

Crecí como un árbol frondoso. Mis raíces absorbían mi entorno. Bajo mi sombra… nada crecía. Quise llenarlo todo, y ahora estoy solo, seco, en este páramo. Nadie me contradecía, ni mi conciencia. Apagué esa voz. Solo escuchaba lo que me beneficiaba.

Ahora estoy rodeado de ecos y tinieblas. Siento espanto. Me aferro a que estas palabras te alcancen, mientras intento no perder la cordura. Este lugar… no sé si es un sitio o un espejo de lo que soy. Tal vez, por primera vez, veo con claridad. Se disipa la ebriedad del ego.

Estaba ciego. Nada me parecía digno en los demás. Solo debían escucharme. Mi voz saturaba el ambiente exhalando orgullo. Luego fingía calma, como si nada. Me pavoneaba sin notar la necesidad ajena. Me volví prisionero de mí mismo.

¿Recuerdas aquel día? Estabas allí. En tu mirada había pena y reproche. Cumplías con estar, pero no había amor. No podías dar lo que no recibiste.

Cuando te dije: «Yo nunca hice mal a nadie», me equivoqué y lo entiendo demasiado tarde…

A lo lejos se oye una voz inenteligible balbuceando: arrabatancataleracomala… perdón, perdón, perdón…

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