Carta arrojada a un mar ausente

Carta arrojada a un mar ausente

Oscar Campana

31/03/2026

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Desde Comala, no sé qué día

A quien sea que encuentre estas líneas…

Vine buscando a mi padre, Juan Preciado, que llegó hasta aquí buscando al suyo, cuando yo apenas tenía un año. Y nunca más supimos de él.

¿Cómo llegué a Comala? No lo sé, no lo recuerdo, no me lo explico. Pero si algo supe desde el primer momento, es que no saldré jamás de este páramo. Ni siquiera si logro salir de él.

Aquí el tiempo se detuvo. No desde la virtud de las horas que sostienen lo bueno y lo bello (¿existe ese tiempo en algún lugar?). No. Sino desde el vacío que no termina nunca de llenarse, desde la nada de tierra parda y bruma sin edad que asfixia con cínica lentitud.

De entre las voces que me acechan en este crepúsculo sin fin, a alguna le escuché decir que “Comala es el mundo”. En medio de este remolino de ausencias, azotado por un viento febril y quejumbroso, me pregunto si vale invertir esa sentencia. Es que ahora pienso que “el mundo es Comala”.

Porque lo que Comala nos muestra, ahora lo sé, es el rostro desnudo, descarnado, absurdo, de lo que el mundo finalmente es. Aquí y en todas partes. Sin las mascaradas que malvenden revolucionarios y cristeros, laicistas y creyentes. Y todo lo que ellos y sus palabras vacías representan.

Aquí sólo queda esperar la muerte. ¡Pero hasta morir cuesta! Porque en Comala la muerte no se reparte como si fuera un bien. Hay que mal ganársela. Y cuando llega, no se anda ahorrando en violencias. Sus muertos no tienen paz. Si hasta las campanas de las iglesias que suenan durante días parecen burlarse de ellos. Y el tránsito entre la vida, el purgatorio y el infierno es un laberinto sin solución. Todos vuelven en algún momento al lugar de partida. ¿Y el cielo? Pues en Comala, que se sepa, nadie va al cielo ni lo ha conocido.

Algunas de las voces que atormentan mis oídos me hablan de tiempos en que los gorriones reían y los jazmines eran acariciados por un viento suave y amigo. Creo que esas voces me hacen soñar mentiras.

Escribo esta carta como quien arroja una botella a un mar que no existe. A un agua que ya no está. Que quizás nunca estuvo. Hasta descreo que tenga algún sentido que alguien lea estas líneas. Lo que ellas advierten, lo que delatan, no tiene arreglo ni salvación. Porque en Comala, en este pueblo que sabe a mundo y a desdicha, no hay salvación ninguna.

¿Qué será de mí? Pregunta porfiada: todo lo que me rodea la vuelve absurda.

¡El cielo está tan alto y mis ojos tan sin nada! Ni siquiera encontré un lugar seguro donde guardar mi dolor.

Vine buscando a mi padre que llegó hasta aquí buscando al suyo. Y nunca más supimos de él. Mañana quizás alguien venga por mí. Y así por toda la eternidad. Quizás esto sea el infierno.

Ya lo verá Usted.

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