Carta para el destinatario que la acepte

Carta para el destinatario que la acepte

Carmen Galiano

23/03/2026

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A Sebastián o a quien tenga la mala suerte de encontrar este trozo de papel quebradizo lleno de pequeños delirios:

Aquí sigue sin llover. El cielo es una costra de cal que nos aprieta el pecho y no deja salir el aliento. Te fuiste jurando que volverías cuando los campos de la Media Luna reverdecieran, pero hasta la mala hierba se ha vuelto polvo en este rincón.

No sé si esta hoja de papel te alcance. Las palabras en Comala nacen secas; se caen de la boca y se las traga la tierra antes de que suenen. Escribo porque el silencio de los otros ya me pesa más que mi propia culpa.

Ayer creí ver pasar a don Pedro. O quizá era solo su rencor arrastrándose pesado, buscando a quién echarle la culpa de su desconsuelo. Pero aquí todos arrastramos algo. Yo arrastro el haberme quedado. El haberte soltado la mano aquella madrugada sin luna en que huiste a escondidas por el camino de Los Confines. Hice bien, hermano. Al menos uno de los dos tenía que salvarse de este ahogo.

Las ánimas andan alborotadas últimamente. Se cuelan por las rendijas de las puertas buscando el calor de los fogones que apagamos hace tantos años. Mi cuarto está tapiado de murmullos. A veces, antes del amanecer, escucho a nuestra madre llorando en el rincón del patio trasero, repasando sus rosarios con dedos que ya solo son aire y hueso. Ya ni siquiera tengo saliva para contestarle. He olvidado a qué sabe el agua dulce; lo único que tragamos es este viento hirviendo con sabor a ceniza y a rezos mal dichos.

No sé en qué día vivo. En Comala el tiempo se estancó la misma tarde en que doblaron las campanas por Susana San Juan. Desde entonces, solo somos ecos chocando contra las paredes rajadas de adobe, tropezando unos con otros en la oscuridad.

No vuelvas, Sebastián. Si acaso esta carta te encuentra por allá, léela y quémala pronto. No dejes que el polvo de este pueblo se te pegue a los dedos al sostenerla. Porque si la tierra de aquí te huele la memoria, te va a llamar de vuelta y no te dejará ir.

Aquí ya no queda espacio ni para morirse en paz. Estamos todos amontonados bajo la costra del suelo, esperando un perdón que nadie nos enseñó a pedir.

Tu hermano,
Cruz

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