Recuerdo el día en que te fuiste. El aire estaba muy frío y yo sentía mucho miedo. El polvo se levantaba en pequeños remolinos sobre el camino, y cada piedra parecía decir tu nombre. El sol caía pesado sobre las casas vacías, y los perros aullaban desde lejos.
No te conté lo que pasó ese día. No supe qué hacer. Y aún me duele recordarlo. Veo cómo temblaban tus manos y cómo mis palabras se quedaban atrapadas, sin poder llegar a ti. Pensé que podría seguir adelante sin decir nada, pero cada paso desde entonces me ha recordado mi culpa.
Observo tu figura en la puerta, como si todavía pudieras hablar conmigo, pero no lo haces. A veces creo escuchar tu risa entre las paredes vacías, o tus pasos sobre la tierra seca del patio. El viento trae ecos de tu voz. Me deja solo con el silencio de Comala, con los recuerdos que nadie más oye.
Aún tengo tus ojos en esa mañana, brillando entre miedo y esperanza. No supe cómo detener el tiempo ni las decisiones que nos separaron. Todavía siento tu olor en la ropa que dejaste, y el frío de aquel día me sigue como una sombra. Cada casa que paso parece guardar un pedazo de ti, y cada calle me habla de lo que pudo ser y no fue.
Aquí todo sigue igual. El pueblo parece dormido, atrapado entre polvo y recuerdos. A veces creo ver sombras que se mueven entre las paredes descoloridas, fantasmas de otros que también esperan y se arrepienten.
Y yo sigo esperando. Escucho el viento, las hojas secas que golpean las ventanas, los pasos que no regresan. Espero que aparezcas, aunque sé que no volverás. Te sigo esperando, y mientras lo haga, Comala sigue respirando entre memoria, culpa y silencio. Igual que yo.
Cartas desde el polvo
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