El escarabajo de color naranja

El escarabajo de color naranja

Miguel Matz

29/03/2026

1 Aplausos

0 Puntos

10 Lecturas

Amigos Ignacio y Ana,

Os escribo esta carta como aquellas en las que os contaba mis viajes, aventuras y desastres varios. Esta vez no la envío pues habéis cambiado de domicilio.

Yo también. Ya estoy haciendo el equipaje de todo lo que me quiero llevar, es decir nada.

No nací en Comala, llegué aquí enviado por la compañía «Cafés Latinos S.A.» Mi chamba consistía en checar la calidad del producto y controlar el peso y número de sacos cargados en las trocas para su embarque en Manzanillo. Sería trabajo monótono y aburrido si yo tuviera la capacidad de hartarme sin dejar correr libre la imaginación. Gracias a esta aptitud las cinco mil toneladas fueron livianas y la cantidad de sacos correspondientes pasaron ante mis ojos como si contara borreguitos, con el mismo efecto somnífero.

En el puerto también había un confronta, su confiabilidad contable iba aparejada al consumo de marihuana, en la que invertía todo su jornal. A bordo del «M/S Noah» el «chief officer» a su vez sumaba el total de los costales, a razón de cincuenta por botella de whisky.

Reunidos esos datos no tuve más remedio que dividir las toneladas compradas entre los kilos por saco, de cuyo resultado resté quinientos pues era seguro que no llegarían todos al puerto de destino. 

Cada día al salir del jale daba un paseo, parando en una taquería donde comía alguna cosa antes de ir al hotel de la calle Constitución. Yendo por allí pasó un Volkswagen de color naranja conducido por una güera que me sonrió y tocó el claxon dos veces, sin detenerse.

Día tras día se fue repitiendo la misma circunstancia, sin que nunca parara el coche a pesar de hacerle señas de que me esperara.

Le pregunté al recepcionista de mi hotel qué sabía de la chica güerita del escarabajo naranja. Su reacción me sorprendió, puso los ojos en blanco y empezó a temblar mirando hacia uno y otro lado, como temiendo que alguien nos viera o escuchara.

— No sé, no sé, nunca he visto ese coche ni a esa chava.

— Será que su color tan discreto le habrá pasado desapercibido…

Salí a la calle dispuesto a recorrer toda Comala hasta encontrar el dichoso coleóptero. vana tarea, sin dejar un rincón por visitar terminé donde había empezado y metiendo los pies en un barreño de agua caliente con sal.

— Hola, soy Abundio, perdone que entre sin llamar, la güera que busca se llama Susana y si va a la hacienda «La Luna» allí le darán razón.

Salió como había llegado, sin pisar el suelo y sin darme tiempo a decir nada.

Han pasado más de cincuenta años de mi visita a la hacienda de Don Pedro preguntando por la chica. Sigo en Comala, ya nada es igual, voy deambulando por las calles polvorientas entre edificios vacíos, cruzándome con otros seres desconocidos que pasan arrastrando los pies.

En una de las calles un Volkswagen abandonado aún conserva restos de pintura naranja entre el óxido.

¡Mec,mec!

Votación a partir del 01/04

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS