Te he buscado no sé por cuánto tiempo, creyendo que continúas por este espacio desolado. ¿O acaso lo que ahora eres, también me menosprecia?
Llegué a conocer tus imperfecciones; sin embargo, en lo más profundo de mi ser, confiaba en ti como intermediario ante el omnipotente.
Durante toda una semana me aferré a la vida esperando a que llegaras a mi miserable vivienda, pero mi carne, la de una anciana, que era apenas un delgado forro de huesos, no aguantó más y sucumbió antes de recibir el último sacramento. Sería porque, siendo tan pobre, no lo merecía. ¿Cuánto costaba ese aceite, padre?
Mi mayor esperanza era que al morir pudiera andar en verdes praderas, libre de hambre, dolor y odio. Pero no, sigo aquí, en Comala, como fantasma transitando las mismas calles polvorientas con el eco de la guerra y el miedo; escuchando los susurros de otras almas en pena. Ahora dudo si este es el infierno que me merecía o fue por no recibir el sacramento, ¿o debo creer en la imparcialidad de la justicia divina?
No sé si permaneces atormentado por haber perdonado los pecados de los ricos mientras negabas la absolución a los pobres. ¿O te marchaste al cerro para entregar tu propósito a la guerra?
Lo has dicho, Rentería: «He entregado mi fe a los poderosos». Por eso quise escribirte. Ya no me hace falta creer que mi destino era el
paraíso porque quizás tú estás allá por arrepentirte de corazón. Yo no lo he logrado.
Cartas desde el polvo
OPINIONES Y COMENTARIOS