Río que se agostó antes de nacer

Río que se agostó antes de nacer

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Comala, 15 de agosto de 1954

​Mi estimado Andrés:

​Le remito estas líneas desde esta orilla de ceniza, donde el aire carece de voz y los recuerdos pesan más que la tierra seca. Me dispongo a buscarle en el rastro de aquel río que apenas nacía; un cauce que prometía la profundidad de un vínculo como el de David y Jonatán, pero que se agostó antes de que la creciente mojara las piedras. En este páramo de ánimas, la memoria muerde bajo el rigor del silencio.

​Aún retumba aquel estruendo, ese rayo que nos hizo sentir antiguos conocidos tras apenas dos horas de charla bajo el bochorno. No obstante, en este pueblo de polvaredas, las palabras operan como espuelas: de no emplearse con destreza, desangran al caballo. Yo le entregué mi consejo con la urgencia de quien divisa el pantano, ese lodo invisible que deglute a los hombres descuidados. Le hablé con la vista en el cielo, advirtiéndole que, si aquella mujer no era su idónea en esa capital gélida, lo más decoroso era retirar las manos de la esposa de otro.

​Le manifesté que era preferible una herida sangrante en la rodilla, de tanto clamar al Eterno por la compañera adecuada, que una llaga en el alma que demora vidas en cicatrizar y amarga el sitio a quien llegue después. Quise evitarle el dolor de vincular un espíritu de forma coercitiva, pues los remiendos del alma repercuten en la descendencia. Le hablé de la Bestia que acecha, señalando que los encuentros fortuitos no deben ser causa de perdición, sino de gracia.

​Sin embargo, la imprudencia es un viento que todo lo corrompe, un aire que deforma verdades hasta transmutarlas en dagas. Le solicité guardar mis razones como un tesoro; no obstante, las liberó usted antes de tiempo, arrojándolas al cieno del malentendido. Esa verdad, mal referida, desató una cólera que terminó por sepultarnos bajo el peso del adobe. Mi imagen, la de un hombre que solo pretendió ser refugio y filtro ante el ruido del mundo, quedó desdibujada por el juicio de quien no supo interpretar la pureza de mi advertencia.

​Hoy me hallo bloqueado por un muro de silencio que usted mismo ha erigido, como quien cierra la tranquera de súbito tras una jornada de infortunios. Me aflige este entierro prematuro, este no haber alcanzado ni la mitad de la jornada por causa de un chisme que se petrificó en este abandono. Extraño al amigo que apenas vislumbré, ese relámpago que devino en el estruendo de una puerta clausurada.

​Desde este polvo, no intercedo por mi voz, sino por la del Altísimo. Ruego al Creador que no les conceda sosiego hasta que la verdad resplandezca; que sea Su paz la que vindique mis motivos. Me encuentro desolado, como una heredad que sucumbe ante la tormenta. Si el Dueño de la vida lo dispone, acaso un día este polvo se asiente y retomemos la cabalgata, antes de que el consejo se tornara veneno y nuestra amistad un puñado terroso 

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