Su Alteza Real,
Le agradecemos de todo corazón por su incansable esfuerzo y por la noticia recibida. Es un único rayo de esperanza que nos ha aliviado un poco el dolor.
Pero, ¡ay!, ¡qué frágil es la esperanza! Solo unos días después, justo cuando nuestro corazón suspiraba aliviado, nos llegó la noticia de un devastador impacto de granada en el frente del Comala. Allí, donde la tierra tiembla sin cesar y la juventud se desangra, nuestro hijo encontró su descanso eterno. Cayó, no como un héroe victorioso por su patria, sino como un niño pequeño y abandonado en el cruel fango. Sus últimas palabras fueron para su madre y para nosotros.
Y así le escribimos a usted, Su Alteza Real, con el corazón destrozado. Todo aquel rayo de esperanza se ha transformado en un abismo sin fondo. Solo nos queda honrar sus restos permanentes y su lugar vacío.
John Kirchner.
Cartas desde el polvo
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