Misiva de uno que no cuenta

Misiva de uno que no cuenta

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Señor Pedro Páramo:

Le escribo desde este rincón de Comala que no sale en los mapas ni en sus cuentas. Soy uno de esos que no cuentan, de los que no hacen sombra ni dejan eco. Aquí sigo, aunque a veces no esté del todo seguro de si sigo o ya me fui hace rato y solo me olvidé de morirme.

Anoche soñé que usted se deshacía en polvo como los muros de Media Luna.

Dicen que usted manda incluso sobre el silencio. Pero le tengo noticias: el silencio se está rebelando. Ya no obedece. Se nos mete en la boca y nos hace decir cosas que no queríamos decir. A mí me obligó a escribirle esta carta, que es como escupirle una piedra al cielo, sabiendo que caerá de vuelta, pero con gusto.

Usted nunca nos vio. Éramos los que cruzábamos la plaza pegados a la pared, los que pagábamos con maíz lo que usted cobraba en almas. Yo le trabajé una temporada, ¿se acuerda? Claro que no. Nadie se acuerda de los que cavamos sin nombre. Abrí zanjas para enterrar sus promesas. Algunas todavía respiran. Se oyen por las noches, cuando el viento se equivoca de camino y entra a las casas como ladrón torpe.

No crea que esta carta es súplica. Es más bien una risa atravesada. Porque aquí, entre el calor que quema y los murmullos que no se callan, hemos aprendido un truco: nos reímos de usted. Bajito, para que no se enoje el polvo. Nos reímos cuando se cae una teja, cuando una silla se mece sin nadie, cuando un perro ladra hacia adentro de su propio hocico. Todo eso lo tomamos como señales de que su poder se está deshilachando, como un sarape viejo que ya no abriga ni al espanto.

Ayer vi a un hombre sin cara jugando a los dados con su sombra. Apostaban recuerdos. Perdió la sombra. El hombre se encogió de hombros —si es que los tenía— y siguió como si nada. Me dije: así estamos todos. Ya no tenemos mucho que perder, ni cara, ni sombra, ni miedo completo. Y cuando el miedo se rompe, señor, se vuelve cosa peligrosa.

No le pido nada. Ni tierra, ni agua, ni perdón. Le aviso. Porque a veces hasta los que no cuentan suman, sobre todo cuando se juntan en los rincones y empiezan a contarse entre sí. Estamos aprendiendo a escucharnos por debajo de los murmullos, a hablar sin boca, a caminar sin dejar huella. Usted, que todo lo pesa, no ha sabido medir eso.

Si algún día siente que Comala le queda grande, no se asuste. Es solo que estamos creciendo por dentro, como la humedad en las paredes. Y ya ve lo que hace la humedad: tumba casas, ablanda voluntades, borra nombres.

Le dejo esta carta en el aire. Aquí todo llega, tarde o nunca, pero llega. Y si no le llega, mejor. Significará que por fin algo se le escapó.

Atentamente,

Uno de tantos que no cuentan.

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