Séase a la fecha, Comala
El polvo se ha levantado, mi añorada Guadalupe, y los cuerpos de nuestros mineros se han diluido en la arena, o así se me pareció. El sol calienta hasta la llaga, y no obstante ello, ni el aguardiente se le apetece a uno. A lo sumo unos faros, cuyo humo espante estos zumbos.
La siesta, tu tan gustada siesta, guarda prioridad entre las actividades del día, aún si las labores apremian. Uno debe recuperarse.
Mencionaré que un velo de tristeza cubre mi Comala. Todos merodean, y las polvaredas constantes forman una nube rayana a la tierra. Las murmuraciones aumentan en cantidad, en volumen, y sin embargo en ellas jamás distinguí tu infantil voz, ni tu cántico niño. No, estas voces son graves y remotas. Confieso niveles de sugestión, tú bien sabes que siempre pequé de supersticioso, pero detecté que poseen, casi unánimemente, como propiedad esencial, un registro de espectro. Tú los conoces, tú sabes de lo que hablo…, tú, mi compañera de umbrales; mi virgilio dirán los ilustrados de la comarca vecina. Adopté, nomás de aburrido, de desolado, sus hábitos ociosos. He estado leyendo, mi Dulcinea, ¿ya lo ves? El tiempo resta entre los muertos, y la lectura me ha devorado, porque en libros ahora te encuentro.
Duermo mal, a excepción de las siestas –todas dedicadas a ti, objeto de mis sueños–, en las que, mecánicamente, ritualísticamente, me absorbo en onirismos. Así es y será, aquí en Comala. Hasta el segundo centenario de tu partida, encendí velas diariamente. Me lo impuse por regla, con la severidad de una ley. Hasta incluso escogía los colores de los cirios en función del calendario litúrgico, como a tu usanza. En los cuarenta días de violetas candelas, en los que nuestro Nazareno desaparece, la casa se enfriaba hasta lo insoportable. Y sin embargo, durante los tiempos de gloria ningún cromatismo consiguió alegrarme.
Guadalupe, Guadalupe…, haré de tripas corazón, y escucharé a los cantores haciendo gala de sus penas. Nada más que descubrir, sin ti, a partir de tu ausencia, que lo arrancado arraiga, y que nada de lo que fue vive en los recuerdos, así como tampoco nadie puede vivir de ellos.
Tú eres mi fantasma. No uno entre otros, sino mi primus inter pares, mi primera entre iguales… Todo ha sido mi culpa, por haber guardado las palabras hoy imposibles, al existir entre tú y yo tanto ruido, y tantísimo e infinito silencio.
A través de una hendija en la pared o de una grieta en la piedra, te veo. Ninguno de tus rasgos se alteraron. Ni un cabello se encaneció. Eres idéntica, exacta diré, a como mi memoria te inventa. Nada ha quedado, Guadalupe, ni siquiera yo, que ya me pierdo entre los arenales…

(Fotografía de Juan Rulfo)
Cartas desde el polvo
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