Semilla de hiedra y pecado

Semilla de hiedra y pecado

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Hija: Mi alma se está yendo lentamente, formando un hilito azul en el aire, oyendo como renegabas por haber nacido. 

Fue tu destino nacer; sobreviviste a la paliza que recibí de mi padre, cuando se enteró que estaba preñada. Mil y una veces mientras me daba latigazos, la misma pregunta ¿quién fue? Y tantas veces, mi silencio. 

Resististe las pócimas de zoapatle con pericón que mi madre me dió a beber. 

La semilla de tu padre se enraizó en mi vientre, igual que la hiedra a las paredes.

 

No naciste en Apango; huí de allí. Mi padre juró que, cuando nacieras, te llevaría a Comala, dentro de un “chiquihuitl».  Que te dejaría a la puerta de la Iglesia, bajo el sol, a la hora en que los muertos y los vivos no andan; que Rentería se encargaría de llevarte a la Media Luna, porque seguro corría por tus venas la sangre de un Páramo.

Y hasta el presente no sé si eres hija de Pedro o de Miguel. 

Fue un Domingo lluvioso que bajé a Comala con mi padre a vender romero, manzanilla y tomillo. Bajo el calor sofocante de la tarde llegó al mercado Filoteo Aréchiga; y nos ofreció un lugar para descansar.

Mi padre, agotado por el trabajo y anegado en el pulque, se durmió profundamente. Y entonces llegó mi desgracia; primero apareció uno, y mientras intentaba recuperar mi aliento, se presentó el otro.

No te diré lo que sentí.

Si te digo lo que experimenté la noche que te parí; la luna se metió en mis ojos y el aroma de los jazmines en flor me anestesió. Saliste de mis entrañas sin causarme dolores. Fué una noche mágica de una quietud inusual. 

Había olvidado esta carta, pero hoy tengo prisa en terminarla.

Llegaste gravemente herida. Te curé con las hierbas que usamos los nahuas. Estabas yéndote. Tu sangre se escapaba de tu cuerpo y se desvanecía, como si viajara rumbo a Comala. Ese pueblo condenado te llamaba, te reclamaba; y comprendí la razón de tu amargura; siempre perteneciste a ese lugar.

Sabía que tanto Miguel como Pedro habían muerto. Les pedí que te llevaran a Comala; de alguna manera ellos vendrían por tí.

Encendí una vela. 

Te puse ese vestido bonito. Crucé tus manos sobre tu pecho y me acosté en el petate, a tu lado, a esperar.

A la medianoche, dos relinchos rompieron el silencio. 

Allí estaban el caballo de Pedro Páramo, cuyo nombre nunca supe, y El Colorado de Miguel Páramo. 

Esta carta la colocaré entre tus manos; y cuando llegues a Comala la leerás, junto a esos dos hombres con los cuales compartes tus genes.

Para entonces, por la magia de los muertos, descubrirás cuál de ellos fue realmente tu padre, tu abuelo y quizás tu hermano. 

Olvidé, porque quise, los caminos que llevan a Comala. No pertenezco a ese pueblo ni muerta ni viva. Y tú te quedarás allá, susurrando mis secretos.

Adiós para siempre

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