Para: La tierra de las mujeres mudas.
Trato de observar las memorias del pasado que vienen al rozar los muros de las casas viejas en susurros de dolor y melancolía, pero no puedo ser solo un observador porque el dolor me come, me transforma en algo que no soy.
—¡Nooo! No es melancolía; dolor, sí. Lo otro es rabia. Me gritaron las calles vacías al levantar el polvo. No soporto cruzar el umbral de este lugar vacío y frío.
—¡Hazlo! —me ruegan las paredes de barro de las casas viejas.
El silencio obligado, la sumisión y el abuso borbotean como moneda de cambio entre los murmullos de los espíritus de las mujeres sometidas.
—¡Calla! Está prohibido recordar —me recordó la fuente seca en ruinas de la plaza del pueblo abandonado.
Pero yo trato en cada esquina que doblo, en cada rama que se mueve, en las hojas secas que caen; trato, trato incansablemente de borrar las huellas del pasado marcadas en el barro.
—No se puede —escucho tristemente desde las ventanas vacías de las casas en ruinas.
—¿Por qué? —finalmente me animo y les hablo a las ruinas.
Silencio. Y me doy cuenta de que el sufrimiento de esta tierra es más grande que el tiempo. Porque lo que se vivió en este pueblo no se borra.
Así que traigo capas y capas de polvo de aquellas montañas ajenas al dolor de este lugar, para convertirme en un bálsamo a los lamentos de las ánimas que reclaman su lugar en estas ruinas de Comala.
La voz del viento.
Cartas desde el polvo
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