Querido hijo,
¡Cuántas veces te conté de niño que Juan Preciado, tu abuelo, encontró a su padre en Comala! Lo que desconoces es que después acabó en Alhorze, donde yo vine a buscarle.
Dicen ahora que hay alguien que pregunta por mí. Sospecho que eres tú y por eso te escribo esta carta. ¿Tendré nietos?, ¿tendrás familia? Hijos que también te busquen un día porque así se lo prometan a sus madres cuando ellas estén por morirse. Como hicimos mi padre y yo.
Vine a Alhorze, el destino al que llegó mi padre desde Comala, esperanzado en que las cosas serían diferentes. Pero no. Aquí, el Pedro Páramo de turno también había decidido imponer sus propias normas. Por ejemplo, cambiar las reglas ortográficas y que, al acabar marzo y volver la hoja, en todos los calendarios avril apareciese escrito así, con uve.
Es posible que el cacique actuara de esa manera porque Alhorze resulta ser un pueblo en uve levantado entre dos laderas bien delimitadas, la del pasado y la del presente, separadas por un desparramado lecho de mercurio que las impide solaparse.
A un lado de la uve —en un paisaje polvoriento y sin nenúfares que recuerda a Comala— habitan los fantasmas condenados. Al otro lado, en la que es mi ladera desde que llegué, donde algunos ingenuos aún mantienen una esperanza baldía, todos sus moradores estamos apiñados a la espera de que el amo nos sentencie a la ladera de enfrente o nos dé la posibilidad de encontrar a nuestros padres. Porque debes saber, hijo mío, que en Alhorze no hay más opciones que la condena o la espera, que el futuro no existe. O estás ya en el polvo del pasado —como mi padre— o, como me sucede a mí, instalado en la demora del presente, a la espera de que me permitan encontrar a Juan Preciado y trasladarme al nuevo Comala, al siguiente Alhorze.
Mi padre buscaba en Comala a mi abuelo Pedro Páramo, como yo hice con él en Alhorze y como tú harás conmigo en un lugar desconocido aún por bautizar. Cada uno de nosotros para reclamarle al padre lo que no habíamos dado en su momento a nuestros hijos y descubrir qué fue de nuestras vidas, qué le sucedió a nuestra Susana San Juan particular o cuando nos esperará para apuñalarnos nuestro propio Abundio Martínez, aunque luego todos revivamos convertidos en fantasmas.
Una vez que se me permita encontrar a mi padre, Alhorze será a partir de entonces mi único patrimonio. Eso y la memoria que conserves de mí para mis nietos. Comala, Alhorze y el tuyo —se llame como se llame— serán lugares mágicos por los que se nos recordará a mi abuelo, a mi padre y a mí mismo en ese futuro inexistente. Los sitios a los que nuestras ánimas volverán una y otra vez para abrevar y refrescar la historia de nuestra familia, mil veces contada, pero solo una escrita.
Tu padre que te quiere,
Cartas desde el polvo
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