QUIEN SIEMBRA, RECOGE

QUIEN SIEMBRA, RECOGE

Joaquin Marqués

18/03/2026

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Hijo mío,

Aquí el aire ya se puso bien pesado. Ya te la sabes: cuando el bochorno se asienta en el valle, se queda ahí pegado a la tierra cuarteada y no hay viento que se lo lleve. El agua de la noria que tanto cuidaste ya se nos está acabando; el pozo está en las últimas y el calor de afuera ya se dio la mano con la fiebre que trae él por dentro.

En esta casa siempre hemos sido de pocas palabras. La tierra es puro tepetate duro y el hombre que la trabaja siempre ha sido de la misma ley. Pero ahora, lo que siempre fue un muro de cantera se nos está desmoronando. Sus manos, esas que amansaban al ganado con una fuerza que hasta daba miedo, ahora no pueden ni con el peso de un jarrito de agua.

No te voy a decir que vengas por mí pero ya sabes que hay deudas que no se pagan con dinero, sino que se quedan ahí presentes cuando la luz se apaga. La mesa está puesta, como siempre, pero tu lugar sigue vacío. Desde hace ya un chingo de tiempo. 

Ven antes de que la tierra esté demasiado seca y dura para cavar. 

Tu madre.

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Madre,

Aquí por los Altos, el sol no tiene perdón de Dios. Me he pasado el santo día bajo el plomo del cielo, pero la tierra agrietada ni me contesta ni me anda juzgando. ¿Dice usted, jefecita, que el agua se les está acabando? Me acuerdo rete bien de quién me mandaba a acarrear los cántaros en pleno mediodía mientras él nomás miraba desde la sombrita del portal, diciendo que era para que me fuera curtiendo. Pues sí, me enseñó a ser de piedra. Que no ande con quejas ahora si no hallo el camino de regreso.

Aún recuerdo sus gritos allá en el corral. Como cuando le dio por decir que mis manos no servían para los libros, sino puro estiércol y azadón. ¿Me cuenta que ya le tiemblan las manos? Las mías todavía cargan las cicatrices de aquellas canículas donde el calor me achicharraba el cuero, mientras él solo decía que el dolor era cosa de flojos.

No crea que es el orgullo lo que me tiene atorado en esta tierra. Es la memoria. El desierto no olvida ni una grieta, y lo que se rompió entre nosotros no se arregla antes de que se meta el sol. Él escogió el silencio hace años, cuando yo todavía tenía preguntas. Ahora no puede pretender que yo lo llene con las palabras que él mismito me prohibió usar.

Me pide que vaya antes de que la tierra se ponga más dura. Pero mire, madre, la tierra entre nosotros está calcinada. Yo me quedo mirando los surcos, esperando que la próxima polvareda borre por fin su rastro. Ahí tome lo que necesite del dinerito que le mando. Por lo demás, el llano ya dictó sentencia. 

Su hijo.

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