Villa Del Sol, agosto 31 de 2021
Apreciado Aquiles
Sigue lloviendo. Las cometas y los niños se esconden ante la ausencia de los vientos. Las fases de la luna andan confundidas, los geranios apagados, las rosas y la corona de cristo, achiladas a falta de calor.
Con el pijama puesto todo el día, peinada para la cámara solo hasta las 12. Hoy completo tres temporadas de The good doctor, ensalada con atún y café. Posponiendo tareas, como la siembra de albaca, y cilantro, como dejar de verte.
Pretendo leer mil libros al tiempo, no leo ninguno, descubrir las técnicas del artista tomando apuntes en el aire, tantas palabras nuevas que me decías que usara. Me esfuerzo por atraparlas, pero se escurren, se diluyen en esta lluvia que no cesa. Pueda ser que cambie el tiempo, pueda ser que no vuelvas. Reviso la alhacena, qué suerte, aún hay vino rojo dulce, del que no te gusta. No saldría a comprarlo, no, no. Bebo los conchos. Me invade el impulso de salir corriendo a comprar más vino, me arrepiento. De nuevo me guardo. No quiero ponerme las botas pantaneras, me ahogan, me aprietan, nada más cómodo que mis sandalias veraniegas que dejan que se pegue el polvo del verano en mis dedos.
La lluvia golpea las ventanas, me cubro la cabeza con la cobija lanuda, la de los cinco tigres, que adorna nuestra cama. Tiemblo ante el trueno, ráfagas de metralla. Enciendo el cirio invocando a Santa Barbara.
Los perros buscan calor, echados a mi alrededor, los abrazo, parecen tristes, soy mala, les he contagiado tu ausencia. Te amarán por siempre, no importa lo que hayas hecho. Nuestros perros te extrañan. Me miran, si, si, sé que me preguntan por ti. Corren a la puerta cuando escuchan un auto, pero conocen muy bien el ruido de tu trasto. Se devuelven cabizbajos.
Es un final de agosto tan extraño en esta tierra donde nunca llueve. Un agosto de ropa sucia amontonada, sin barrer, sin limpiar. Mi casa está llena de telarañas. Quiero bajarlas, saben de mi lentitud, de mi letargo y se aprovechan. Mi casa es una maraña, y ellas, sí las telarañas se ríen a mis espaldas. ¿Limpiar tus huellas? Lavar las sábanas que aun huelen a ti, y la taza donde bebiste el último café. Es inútil sigues en el aire. Cuando escampe iré a la tienda de sahumerios, compraré muchas velitas aromáticas para eliminar tu aliento en mi boca, tu mano en mi vientre, tus palabras resonando en la cocina. El susurro incierto en mi oído. El abrazo olvidado. Sombras en el jardín.
Aquiles, hoy he tirado el cajón lleno de fotos tuyas, de viajes, de besos, de risas, y cenas. El agua poco a poco va diluyendo la tinta de tus fotografías, te desvaneces. Extiendo mi mano para impedirlo. Es tarde, te has convertido en una mancha. Escribo esta carta en medio del patio. La lluvia me abraza, espero que lave tu cuerpo de mí.
Besos.
María
Cartas desde el polvo
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