Es la casa más meridional de Comala, la última antes del vasto trigal.
En la pared, el hueco de una ventana.
El viento mordisquea con tesón los muros que dejan escapar el polvo de sus adobes.
Al fondo, un gigante, de espaldas, se arrastra hacia el río que sólo puede escuchar.
Dentro de la mochila palpita una espina que se abre paso entre las costillas.
Sus huesos jadean chirridos al caminar.
Delante de la ventana, un grupo de personas, en círculo cerrado, resquebraja la tierra con las botas quemadas.
Sobre la loma la encina: verdes bellotas y hojas secas.
El aire quema su pelo; sus ojos entrecerrados evitan el polvo; las manos tapan su rostro del sol.
Camina hasta el borde del horizonte.
En la pared, el silencio de una ventana.
Cartas desde el polvo
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