Lo de la mujer de Pedro Tamales

Lo de la mujer de Pedro Tamales

arc

17/03/2026

0 Aplausos

0 Puntos

2 Lecturas

Dizque
la mujer de Pedro Tamales
creía que Pedro
Tamales era buen
hombre hasta que la
obligaron
a convertirse en la mujer
de Pedro
Tamales. La
noche del
casorio, cuando el mezcal
hizo su oficio y patrón
la acorraló
en la
alcoba y
se le
prendió como
sanguijuela y,
con
esas
manotas
que hedían
a paja y guano,
le
hurgó bajo las
enaguas y empujó dentro
de ella
y gruñó
y resopló dentro
de ella como chancho, ahí
nomás supo.

Pedro
Tamales quería a la esposa
en la casa, no consentía
que andase
pal
llano con
el borrico.
Le valía madres que la mujercita
tuviese don
pa las plantitas
y supiese sanar
alitas
de
libélula
con soplidos
o
pedazos
de nopal o
maguey.
Pedro Tamales la quería
en la casa; muele que muele, teje
que teje,
guisa
que guisa, la
mirada baja frente al
comal. Aquella
tarde cuando la muchacha
se acercó al establo por
mera
curiosidad y los
capataces le echaron el
ojo, Pedro Tamales la
jaló
de las
trenzas y,
a patadotas, la corrió
a la
casa.
Dizque le
amarró las
trenzas
a la
mesa y así,
prisionera,
quietecita, sin poder
moverse,
la retuvo
tantitas
lunas. Dizque nomás
la liberó cuando
el vientre se le
endureció.
Pese
a las crudas dentelladas
del alumbramiento, el
hijo de Pedro Tamales nació
conejo, musaraña, pichete, no
niño. Arrugado
como uva pasa,
azul
transparentes
las venas. Con
el cordón colgando,
la mujer de Pedro Tamales
olisqueó
y lamió
las
sienes del
hijito antes de
amorrárselo
al
pecho enjuto.
Pedro Tamales tuvo
que forcejearle,
cortar el cordón con su
puñal
pa meterlo
en la cajita.
Lo
enterraron bajo el guaje,
junto a las
adelfas.

Dizque
hasta los alacranes la
compadecían cuando día y
noche la mujer de Pedro
Tamales permanecía
recostada
sobre la tumba del hijo,
llora que llora quedito,
ofreciendo
lágrimas y calostro
a la
tierra, rogándole
a diosito que el hijo
germinase
recio.
En
la buena estación las
adelfas florecieron
repugnantes en
su belleza y ella
comprendió que
la tierra
ingrata a
su hijito
no se
lo
devolvía.
Gritó.
Y el grito
de la mujer de Pedro Tamales espantó las chachalacas y
se escuchó
más allá del valle y la quebrada, más
allá del río y de la
sierra. Dizque hasta el
mar llegó el grito allá
se acomodó y se hizo del
mundo.

El
silencio se enseñoreó del
rancho de Pedro Tamales, los
otoños
se rindieron
al viento y
nunca nadie volvió a
contar
las vueltas
del
sol. Los
ojos de la mujer
de Pedro Tamales mira que mira
las adelfas, se
secaron de pena.
Hasta
que una
madrugada
sin luna, la
mujer de Pedro Tamales
sale al raso y arranca la
mata y muele que muele y
cuece que cuece las hojas de las adelfas en
el
café. Y en la
mañana, Pedro Tamales se
lleva una
manota al
pescuezo, colorados
los ojos, hinchada
la lengua. Qué
hiciste
mala mujer, yo siempre fui
buen hombre.

Votación a partir del 01/04

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS