Carta desde el polvo

Carta desde el polvo

Self

14/03/2026

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A quien todavía tenga camino por delante:

No sé quién encontrará esta carta. Tal vez nadie. En Comala las cosas no se pierden: se quedan aquí, dando vueltas con el polvo.

Me llamo Luz.

O así me llamaban cuando el pueblo todavía tenía gente que encendía fogones por la mañana. Después los nombres empezaron a gastarse, como las piedras del camino.

Vivo en una casa cerca del llano. Desde aquí se ve el camino por donde bajan los que llegan preguntando. Siempre llegan preguntando.

Antes preguntaban por Pedro Páramo.

Decían su nombre como si todavía pudiera oírlos.

Otros venían buscando a Susana San Juan, porque aseguraban que su risa aún se escuchaba cuando el viento pasaba entre las casas vacías.

Pero aquí nadie encuentra lo que busca.

Comala es un lugar donde las cosas se quedan a medio recuerdo.

Yo también vivo en el recuero el recuerdo de esperar.
Esperé a un hombre que prometió volver cuando terminara la sequía. Dijo que regresaría con las primeras lluvias. Pero las lluvias llegaron solas, y después se fueron, y él nunca volvió.

Desde entonces me quedé aquí.
Al principio pensaba que era por terquedad. Luego entendí que era porque el pueblo no deja ir a nadie.

Hay noches en que oigo pasos en el camino. Pasos que vienen de lejos. Entonces me asomo al patio creyendo que alguien llega.

En cambio llegaron los murmullos.

Al principio pensé que era el viento. Luego entendí que eran los que se quedaron aquí, hablando bajito para que el polvo no les tapara la boca.

Hablan de muchas cosas.

De deudas.

De promesas que se quedaron sin cumplir.

Y de los que vienen caminando hacia Comala sin saber que ya están siendo recordados.

Anoche los oí decir un nombre que no conocía.

Tal vez era el tuyo.

Si algún día pasas por el camino que baja desde Los Colimotes y ves el pueblo tendido bajo el sol como si estuviera dormido, no preguntes demasiado.

Aquí las preguntas despiertan a los muertos.

Y cuando los muertos empiezan a hablar, ya nadie puede callarlos.

Yo sigo en la misma casa.

Sentada junto a la ventana donde antes entraba la luz de la tarde. A veces escribo cartas como esta y las dejo donde el viento pueda llevárselas.

Pero el viento casi nunca se las lleva.

Las palabras también se quedan.

Igual que nosotros.

Si llegas a leer esto, camina ligero y no mires hacia las casas cuando caiga la noche.

Podrías oír que alguien te llama.

Y tal vez sea yo.

O tal vez sea el mismo Comala, que a veces toma prestada la voz de los que ya no están.

Luz

(la que todavía escucha los murmullos).

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