Hijo, solo te pido que no vuelvas. Tu mamá murió; más bien se mató. Era bien fiera y bestia su voluntad, tanto así que la encontramos ahorcada con sus propias manos; se exprimió la vida del cuerpo. Nos costó desenterrar los dedos de su garganta. Con sus propias manos hizo lo que mis puños jamás pudieron. Mirá que mil noches me desafió a que la matara.
No te dejó ningún recado. Tenía sobre el pecho una foto tuya que te mando. Tienes los ojos inmensos y negros como ciruelos, te faltan dos dientes, los de adelante, y ella sonríe, y yo no estoy; creo que te mira a ti y a la cámara, al mismo tiempo.
El padre Rentería me dijo que se fue sin indulgencia, no la va a perdonar. Y no tengo un peso para hacer que interceda ante Dios. Me dijo que no la siga, que la deje sola; ya más infierno no le hace falta. Yo no sé. Si me mato con alcohol hasta el final, ¿también me quedo en pena?
Hijo, tú no eres mi hijo; por el cariño que te tengo, te lo digo. Tu padre es don Pedro Páramo. Una tarde entre el picor de la pelusa del maíz, cuando cosechaba su campo, apareció flotando en su caballo por sobre el maizal. Me dijo: «Te he dado un hijo, ponle Lázaro», y yo hice caso. Te pido que no vuelvas; nada queda aquí para ti. Sálvate de esta tierra a medio camino del infierno. Y salva al mundo de que no se despierten los rumores rencorosos de la mala sangre que te late en ti. Ya demasiado sufrimos por ese rencor que cabalga, tu padre. Sé que tus ojos dulces se llenaron de resentimiento; recuerdo bien cuando naciste y los tenías limpios. No recuerdo cuándo te fuiste; la tristeza se pierde aquí como el agua en el agua. Yo también me voy, hijo, me dio esta terrible fiebre que no se quita. Ya me acostumbré a ella, pero no me siento cómodo si no es bajo el sol tremendo; solo puedo beber el agua hervida. La noche me hace tiritar y las manos de los otros se sienten como agujas, hijo. Tu mamá era la que me ponía esos pañuelos con limón y cebolla; ahora nadie me va a tener la paciencia. Me voy al desierto, hijo; ahí estaré bien. Voy a caminar hasta estar lo más cerca del sol. Quizá me desvanezca entre el vapor, el polvo y el horizonte; tengo la esperanza de que el sol me desdibuje.
Hola, hijito, tu padre se fue, anda en una de las suyas. Te extraño mucho. Me ponía bien contenta escucharte tocar tu jarana. Le sacabas los tonos más dulces a la tristeza, casi que una podía abrazar el aire y el sol en mi piel era como tu pechito contra el mío; eso sentía al cerrar mis ojos.
Cartas desde el polvo
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