
Querido hijo mío,
hay un silencio que dice tu nombre
y lo repite despacio Cómala, cómo ascenso por la cumbre cada rincón, cada día.
No es ausencia es polvo de Estrellas tu forma nueva de quedarte.
Te busco en la luz del alba,
en el aire limpio que me toca la frente,
en ese pulso que insiste
aunque duela por dentro.
Fuiste raíz.
Fuiste ala.
Paso corto,
amor inmenso.
Nada de ti se perdió,
porque el amor…
el amor no aprende a morir.
Y cuando miro al cielo
no pregunto:
te hablo.
Sé que me escuchas
en esa patria de paz
donde el dolor ya no llega.
Si una lágrima cae
no es tristeza:
es amor
buscando salida.
Espérame en la luz, hijo,
como yo te espero en la memoria.
Entre tu cielo y mi corazón
no existe distancia.
Y en la paz de las arenas blancas y las aguas azules, junto a la piedras que rememoran la dureza de la historia vivida y revivida, pareciendo mentira despertar cada día, tras la noche que envuelve mis sueños de rizos y de risas al verte navegar, al oírte hacer música y al recibir siempre todo tu amor… el amor de un ángel, según tu ejemplo, poder seguir inevitablemente, el curso del Río que fluye a pesar de los años a pesar de las vidas…

Mi corazón está lleno de tus hermanos y sus hijos. Su amor fuera un lazo fuerte para poder resistir tu ausencia.
Muchas de las cosas contraproducentes de la vida nacen de la propia fragilidad.
Y no siempre hay motivo para lamentarlo.
La fragilidad es una condición humana, no una excepción.
A veces reaccionar a tiempo es salvación.
Otras veces llegamos tarde y lo llamamos fracaso.
Pero incluso el fracaso instruye.
Casi todo en la vida termina siendo aprendizaje,
aunque en el momento nos parezca pérdida.
Los clásicos dejaron escrita la sabiduría del tiempo.
Pero la vida corre más deprisa que los libros.
El ser humano camina entre la necesidad de sobrevivir
y el deseo de comprender.
Avanza como un funambulista:
cada paso exige equilibrio.
Trabajar la propia dignidad es una tarea silenciosa
y nunca terminada.
Vivid despiertos.
Vivid alertas.
El mástil más firme puede quebrarse según los vientos.
Hay tormentas capaces de atravesar montañas
y derribar voluntades que parecían invencibles.
Tal vez lo que más dignifica al ser humano
sea reconocer su fragilidad.
No siempre navegamos con el viento a favor.
A menudo se zozobra
no por grandes tempestades,
sino por las propias fluctuaciones interiores.
Y, sin embargo, se continúa.
Porque vivir consiste, una y otra vez,
en recuperar el equilibrio
sobre la cuerda invisible de la existencia.
Porque vivir consiste, finalmente,
en aprender a sostenerse
sobre la fragilidad.
Fragilidad que ama, fragilidad que construye, fragilidad que vive sin vivir en sí, fragilidad que siembra para generar tan sólo paz.

En tu recuerdo, porque tú luz, vive en mi.
Cartas desde el polvo
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