A veces uno se muere

A veces uno se muere

Xavier

11/03/2026

1 Aplausos

0 Puntos

6 Lecturas

No sé si esta carta te vaya a llegar. En Comala el correo funciona medio raro: a veces las cartas llegan cuando el que las escribió ya está muerto, y otras cuando el que las recibe ya ni se acuerda de leer.

Aquella mañana yo estaba sentado junto al camino, rascándome la panza y esperando que bajara tantito el calor. En Comala el sol sale temprano, como si también tuviera prisa por fregarnos el día.

Entonces la vi pasar.

Era la muchacha esa que nunca tuvo nombre. O al menos nadie lo sabía. Ella misma decía que su madre nunca le puso uno, que nomás le chiflaba para llamarla. Por flojera de la señora, digo yo.

La chamaca venía descalza, pateando el polvo del camino. Traía una botella en la mano y caminaba chueca, como si la tierra estuviera ladeada. En Comala cualquier pretexto es bueno para beber, para espantar a los muertos.

Pasó frente a mí sin decir nada. Ni me miró. Siguió caminando como si yo fuera una piedra más del camino. Uno ya ni sabe si sigue siendo persona o nomás puro estorbo.

Un rato después apareció Abundio. Sí, el arriero. Ese mismo que dicen que es hijo de Pedro Páramo, aunque aquí medio pueblo dice lo mismo. El difunto tenía más hijos que gallinas tiene el corral de doña Eduviges.

Abundio venía jalando su burro y mascullando cosas. Traía la camisa sucia de sangre y esa cara de hombre que ya se peleó con la vida y va perdiendo.

Cuando vio a la muchacha, se quedó parado en medio del camino.

—¡Eh! —le gritó.

Ella siguió caminando.

—¡Oye! —volvió a gritar.

La muchacha se detuvo y se volteó despacito.

—¿Qué quieres? —le dijo.

Abundio se rascó la barba.

—Nomás saber quién eres.

Ella pensó un momento.

—Pues no sé —contestó—. Y la verdad, tampoco me hace falta.

Abundio soltó una risa seca.

La muchacha escupió al suelo y siguió caminando. Al rato ya no se veía. Nomás quedó el polvo moviéndose donde había pasado.

Aquí la gente se muere y a veces pasan días antes de que alguien se dé cuenta. No es por mala fe. Es que con tanto difunto caminando por las calles uno ya no distingue bien.

Abundio se sentó a mi lado en una piedra y sacó una botella. Hizo como que no me veía para invitar a un trago.

—Pinche Comala —murmuró—. Aquí hasta los vivos ya parecen difuntos.

Le dio un trago largo y otro más. Yo me levanté para irme. En este pueblo, quedarse quieto demasiado tiempo da mala espina.

A veces uno se queda sentado un rato… y cuando quiere levantarse, ya resulta que se murió.

Y lo peor es que en Comala nadie lo nota.

Votación a partir del 01/04

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS