
Querida amiga,
Mire usted, si me pregunta cómo fue que nació Pedro Páramo. Y la verdad, pues no sabría decirle que ocurrió de un solo golpe. Las historias, ya ve, se le van juntando a uno con los años.
Desde chamaco traía en la cabeza un pueblo lleno de silencio. Allá en San Gabriel, uno crece escuchando historias sobre difuntos y uno se queda pensando que los muertos, nomás, se quedan tantito más en este mundo.
Muchas de esas historias se las oí contar a mi tío Celerino. Ese hombre tenía una memoria grande y una manera de hablar que hacía que uno se quedara quieto escuchando. Contaba de pueblos abandonados, pleitos por la tierra, hombres que mandaban como si fueran dueños del mundo, y también de muertos que seguían penando por los caminos. Yo nomás me sentaba a oírlo, sin saber que años después, aquellas voces me iban a acompañar. De ahí fue naciendo Comala. No de un solo recuerdo, sino de muchos. Cuando escribí el libro, quise que sonaran como él las contaba: a ratos claras, a ratos confusas, como si vinieran de lejos.
Pero le voy a decir otra cosa que también pesa. Cuando era muchacho, me mandaron a un internado, o reformatorio, y pues ahí sí que se aprende la soledad, ni modo. Lo pasé mal y sufrí violencia; eso me hizo más tímido. Uno caminaba por los patios solitario. Y qué quiere que le diga… Esa tristeza se le queda pegada para siempre.
Allí aprendí algo que después me sirvió para escribir: aprendí a escuchar el silencio. Porque el silencio también habla, nomás que hay que ponerle atención. Por eso en la novela, las voces suenan como si atravesaran el tiempo.
Ahora, mucha gente me dice que la novela es difícil. Y pues sí, no le voy a mentir: no se entrega a la primera. A veces digo, medio en broma y medio en serio, que hay que leerla tres veces para agarrarle bien el modo.
Eso también tiene su historia. Mire usted, el manuscrito era mucho más largo. Había páginas y páginas contando cosas que sentí que no hacían falta. Así que me puse a cortar, nomás así. Quité cerca de ciento cincuenta páginas. Lo que quedó fue una historia más desnuda, hecha casi de puros huesos. Tal vez por eso la lectura se volvió dificultosa: los silencios se hicieron más grandes, y el lector tiene que armar el pueblo por su cuenta.
Así salió Pedro Páramo. De los recuerdos que uno carga desde joven y de las historias del tío Celerino. Cuando él murió, sentí que algo se había apagado también en mí. A veces digo que con él se me acabaron los cuentos. Y pues así fue, más o menos. Las historias no nacen completas; uno las va juntando poquito a poquito, como quien recoge murmullos en el camino.
Le mando un saludo,
Juan Nepomuceno Carlos Pérez Rulfo Vizcaíno
Cartas desde el polvo
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