Sombras en la verja

Sombras en la verja

A.Na.

09/03/2026

0 Aplausos

0 Puntos

12 Lecturas

Anita mía, querida… No me atrevía a romper este silencio entre nosotras, pero ya no aguanto más. Oigo tu canción tierna del pasado.

Recuerdo tus zapatitos llenos de polvo cada vez que barrías el patio, cómo te seguían las gallinas mientras te reías. Tu lazo rojo, atado siempre demasiado fuerte. Y cómo te ponías a bailar descalza tarareando la misma nana de siempre, hasta que caías rendida. Llenaste cada rincón de esta casa. Pero a veces, muy pocas, te volvías distante. Querías saber por qué vivíamos solas.

Quizás, si te lo hubiera contado, ahora estarías aquí…

Eduviges Dyada tenía razón, al final te enterarías. Ella sabe demasiado… Quizás fue ella misma la que te animó a marchar. No, en Comala no hay secretos. Aquí todo son voces.

Ay, hija, pero nunca te oigo a ti. Todo se ha vuelto gris y el aire caliente se clava en mi pecho, ahogándome. Tenía que haberte acompañado. Aquella tarde en la que viniste con el pelo pegado en la cara y volviste a marchar de un portazo.

¿Cuándo te marchaste? ¿Ayer? ¿Hace un mes? ¿O hace más? Ya no sé del tiempo: corre, se detiene, se encoge y se estira…

Hay veces que me asomo por la ventana y te veo pasar. Veo tus ojitos buscándome. Pero estos caminos ya no los visita nadie. Salgo en tu busca, deambulando por las calles vacías, sin rastro de tu risa ni de tu mirada.

Abundio Martínez me dijo:

—Lorenza, vi a tu niña en la hacienda de Pedro Páramo. Al final todos acaban allí.

Dios no lo quiera, hija. Dios no lo quiera. Ojalá hubieras encontrado un sitio mejor. Aunque sé que no… Puedo sentir tu dolor como el mío propio.

Una vez, después de una larga caminata, vi algo. Era un trozo de tela rojo, tan brillante contra el gris polvoriento, que parecía iluminar todo a su alrededor. Me acerqué. Era tu lazo atado con fuerza a la verja de nuestra casa. Aún llevaba tu aroma. ¿Cómo no lo haya visto antes?

Anita mía, no te cuidé lo suficiente.

La noche se vuelve cerrada, la luna ya ha desaparecido. Oigo tu voz, un fragmento de nuestra nana que mi corazón reconoce antes de que mis ojos lo vean. Siento que estás aquí. Algo rojo se mueve en la penumbra.

¿Eres tú, Anita?

La nana sigue sonando, arrastrando el aire polvoriento. Y yo me aferro al eco de tu risa que nunca llega…

Te quiero,

Mamá

Votación a partir del 01/04

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS