«A ti te hablo, Comala, pudridero de polvo y sombra. Tú que sigues oliendo a culpa vieja. Vengo en nombre de mi madre, que se llama Todas. Quisiera escupir tu suelo, pero no es culpa tuya que en tus muros todavía mande la sombra de un cacique.
Creí que subir hasta ti era poca cosa, pero el cerro me ha ido doblando el espinazo. El viento me ciega los ojos; a ratos veo sombras, y entre ellas a mis hermanos, yendo y viniendo como si nadie los hubiera llamado nunca por su nombre.
Tú me viste nacer junto a los naranjos amargos, donde hasta el aire sabía a entierro. No camino sola. Vengo señalada con el nombre de aquellas a las que arrancaron de su casa. Y esa marca no se borra mientras siga mandando, aunque sea desde el polvo, el hombre que las dejó sin dignidad.
Mientras camino por esta desolación no siento miedo, me acompañan las ánimas. A ellas les debo este encargo. Y a ti te lo digo, Pedro Páramo: arrancaré de Comala tu nombre así me entierren con tus víctimas.
Me pregunto, ¿dónde está el pozo más cercano? Sin embargo, no hay respuesta, solo manos estiradas como pidiendo agua para apagar esta sed de justicia. Y yo con mi hoz a rastras, mis talones rasgados, y este sudor que se mezcla con mi dolor, ya siento cerca la tumba de mi padre.
¡Comala, qué carga llevas en tus entrañas! Me da pena esta ruina tendida sobre tus calles. Aquí nadie recordará un nombre: ese que volvió a Comala para habitar su propio infierno.”
Cartas desde el polvo
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