A mis padres desde el exilio

A mis padres desde el exilio

Javier Reiriz

06/03/2026

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Ahora que el tiempo ha dejado de ser un obstáculo que dirigía a voluntad nuestras vidas, siento un irrefrenable deseo de reunirme con ustedes, de continuar con lo que dejé atrás aquel infausto día en que tuve que abrir mis inexpertas alas y volar hacia tierras extrañas para salvar la vida. Mi vida. Y también la de ustedes. Soy consciente de que ha llovido mucho desde entonces, y de que en todo ese tiempo no han tenido noticias mías, pero tienen que entender que lo hice por protegerlos. Los hechos se precipitaron de tal forma que, de no haber partido, tendría que matar o morir, y eso no es lo que con tanto amor me han enseñado, lo que he aprendido de ustedes. Me creo, por ello, merecedor a contar con su indulgencia y a enviarles esta misiva.

Mis recuerdos de Comala son muy nítidos. Los tengo fijos en la retina: un paraíso aislado y virgen, donde el tiempo parece detenerse a conciencia para modelar pacientemente el carácter de sus gentes. Ése carácter reservado y humilde que llevamos en nuestro ADN y que es un rasgo de identidad. Pero no todo es belleza en Comala, no. Para empezar, no hay justicia. Ni tampoco misericordia con los desamparados. Los pobres son más pobres y los ricos, unos pinches cabrones. Y todo por esa panda de caciques pendejos que lo han ensuciado todo… Pero dado que ya ha transcurrido mucho tiempo, espero que el Buen Dios se haya encargado de ellos y los haya mandado al carajo, lugar que por méritos propios les corresponde.

Echo de menos muchas cosas: el día a día con ustedes, sobre todo; también las nevadas y majestuosas montañas, cuya nívea blancura hace daño a los ojos de quien las comtempla; el Valle de Tecomán, sembrado de extensos cafetales y vastos maizales, tostados por el ardiente sol del verano; las lindas lagunas de límpidas aguas de los alrededores, donde nos juntábamos los chamacos para bañarnos, desde la primavera hasta bien entrado el otoño. Echo de menos esas sombras esquivas, irreverentes, espectrales, como si no perteneciesen a sus dueños. Parecieran vagar por las calles buscando algo a lo que asirse. En Comala, hasta el polvo es chingón. Tiene vida propia, agitado por un viento nervioso que semeja tener naturaleza humana, como si todas las plañideras del mundo se uniesen para entonar el mismo lamento.

Ya no hay rencores ni ataduras que nos obliguen a estar separados. ¡A Dios le doy gracias!. El tiempo se ha encargado de borrarlos, aunque, mirándolo bien, quizá se le haya ido, como quien dice, un poco la mano. Tal vez ahora podamos reunirnos en algún lugar y reconducir nuestras vidas donde antaño lo dejamos. Será extraño, lo sé, pero así son las cosas.

Con todo el cariño, su hijo, que los amó y los seguirá amando por toda la eternidad.

Cimetière Terre-Cabade. 1 Avenue du Cimetière, section 5, niche 4.329. 31500 Toulouse (France)

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