DESDE MI EXILIO

DESDE MI EXILIO

Roberto

05/03/2026

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Estuve aquí hasta mi muerte, y aquí sigo.

Pensé que no podría continuar en este lugar de sombras y desolación, sin la mano de Dios. Pero aquí estoy, y mi historia se perdió en la niebla sin ser vista, al igual que muchas otras.

Mi casa es la que se divisa allá en la loma, camino a la Media Luna, y de la tierra me mantenía, pero había que atenderla. Arar el campo debía de ser tempranito para ganarle al sol; el resto se lo dejaba a la mano de Dios.

Conocí a la Lupe y me prendió por lo rechula y callada que era. Armé el jacal y me la robé a la buena, para ser familia y nos arrejuntamos; los hijos llegaron pronto y la vida la llevábamos sin sobresaltos. Un día que mi Lupe tenía que visitar a su padre, porque andaba con dolencias; muy de mañana, antes de agarrar camino, echó mi almuerzo al morral, pero ya ni lo probé. A media faena me dobló un dolor en el pecho y quedé atorado en la yunta. Me arrastró por los surcos, haciéndome tragar mi propia tierra. Mi Lupe se quedó sola con los chilpayates, y hasta tuvo que limpiar mi cuerpo para darme sepultura.

Sabía de don Pedro, pero no tuve que ver con él, más allá que vivir bajo el mismo cielo, pero con distintos nubarrones. Él no tenía llenadera; a mí me bastaba mi tierra, mi Lupe y mis chamacos.

Aunque coincidimos en algunas desgracias, el mismo día en que murió don Lucas Páramo, lo tengo presente porque fue el día que mi amigo Florentino, con la resortera, sin querer le atinó a mi ojo izquierdo y casi me deja tuerto. Cuando llegué a mi casa, menudo susto el de mi madre al ver mi camisa ensangrentada y el ojo casi por fuera. Para recuperarme, tuve que estar más de un mes en un cuarto tan oscuro como esta caja donde ahora me guardaron.

Al poco tiempo de aquel percance, el mismo Florentino, recogiendo piedras del suelo para su resortera, sintió como una brasa ardiendo en su pie; la verdad es que le había picado un alacrán, de esos güeros ponzoñosos que abundan por aquí. En su cama se retorcía, se apretaba la panza y su corazón parecía salirse. No se le entendía lo que hablaba, pero señalaba su garganta y se le fue el aliento de puro sufrir, sin remedio que lo librara de la muerte.

Como si Diosito lo hubiera castigado por el resorterazo aquel. Me quedé temblando de miedo y de arrepentimiento.

Si anda por ahí penando con su resortera en mano, no lo he visto.

Hay más leña por cortar, pero el sepulcro reclama mi presencia.

Aquí el tiempo sigue entre la vida y la muerte; las almas penan y los murmullos salen al encuentro de Juan Preciado.

Tus ojos, no leerán esta carta y será parte del polvo que envuelve Comala.

Zenaido García

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