Contar mis relatos

Contar mis relatos

Roberto

05/03/2026

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Contar mis relatos

No me conociste, pero yo sigo aquí y seguiré hasta que me reclamen en otro lado.

Cuando decidiste poner el punto final, pensé que necesitaría de ti para subsistir. El hecho de que no repararas en mí no quería decir que no existiera. Aquí estoy.

No podía conformarme con solo figurar como alma en pena, igual que el resto; como si hubieras contratado extras para hacer montón. Probablemente éramos grises ante tus ojos, pero ahí estábamos, simplemente viviendo. Te vi titubear, pero solo aquellos que causaron grandes males o sufrieron por ello fueron tomados en cuenta; la vida común no tuvo cabida en alguna línea.

No sé si tus ojos ya muertos puedan leer esta carta o si se haga polvo antes de llegar a ti, pero aquí todo vuelve a revivir, por lo menos mientras dura el recuerdo, la pena o el arrepentimiento.

Tan solo la semana pasada, mi amigo Florentino, sin más malicia que espantarme, jaló de la resortera; quiero pensar que su mala puntería le atinó justo a mi ojo izquierdo y por poco me deja tuerto. Menudo susto se llevaron mis padres cuando llegué a mi casa con el ojo ensangrentado.

Por orden del matasanos tendré que pasar un mes entero en un cuarto oscuro.

Brincaba sobre mi cama y apareció mi madre con tremenda cara, que dizque porque no puedo estar como chapulín, porque se me sale el ojo. No sé qué voy a hacer en este encierro y total oscuridad. La falta de actividad me atosiga con recuerdos que no quiero recordar, como el del otro año, en el que mi madre me enjaretó un remedio para las lombrices. Cuando las expulsé, una de ellas se quedó a medio salir. Horrorizado, no supe que hacer, y ella detrás de la cortina, me decía: «jálala con un papel, al fin que ya está muerta».

También me llegó la imagen de aquel ahorcado que encontramos en el cerro. Aunque no se me ha aparecido, de seguro andará vagando su alma por ahí, pues el infeliz se suicidó y esos no tienen perdón ni encuentran sosiego, como tú dices.

A veces el sol está esplendoroso o llueve como bendición, pero hay días que todo es desolación y entiendo el por qué a los ecos que quedaron atrapados en el tiempo les gusta salir en la oscuridad. Creo que vino don Rigo, porque oí un murmullo:

—¿Cómo está Robertito?

Y no escuché nada más. No me extraña, pues siempre fue de pocas palabras. Gracias a Dios que partió primero que aquellos que tanto quería y no padeció verlos sufrir.

Yo no tuve tanta suerte y tuve que enterrar a mis muertos, y hasta los que no eran míos, pero tuve que hacerlo. Eran gente buena y también tenían su historia, pero les llegó la hora.

Tu fiel lector.

P.D. No podré estar incluido, pero algún día intentaré contarte mis relatos.

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