Tardenoche sobre Comala

Tardenoche sobre Comala

Vero Bert

05/03/2026

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Hoy he llegado a Comala. 

Fue llegar y comenzar a hilar palabras, porque si algo es real es esta carta, que debiera escribirse de inmediato, antes de que el desamparo se lleve puesta mi memoria. Escribirse o pensarse, da lo mismo.

Y mientras pienso, Juan, se vuelca la tardenoche sobre las calles inertes… Te diré que no me ha sorprendido la abrupta caída de las luces del día, semejante a un baldazo. Un baldazo de puro hastío levantando apenas una polvareda tibia e indecisa que, remolona, permanece suspendida en el aire, en tanto que duda entre asentarse o desaparecer.

Antes, y a pesar de presentirla, hubiera asegurado que Comala no existía. Que solo era producto de tu imaginación pródiga y de mi fascinada lectura. Pero no… Allí estaba cuando al fin abrí los ojos. Allí está. Aquí está. Poblada de ingenuos que deambulan alborotándolo todo… Qué tristeza.

Solo los más jóvenes lo admiten sin tapujos, pero todos —¡ay de todos ellos!— se aburren en este pueblo tomado. En la plaza del centro y también en la otra, niños que supongo hijos de los hombres que aquí moran se persiguen unos a otros, retozando sobre los bancos, pisoteando canteros mustios, ya desahuciados. Cada salto despedaza aún más los viejos escaños de listones sucios y torcidos, descascarados por las uñas y los vendavales.

El resto, los mismos que ahora ríen o duermen o lloran o sueñan o gritan o se confiesan en silencio, intuyo son nietos o bisnietos ¡quién sabe! de quienes, en algún tiempo más allá de mis inviernos, se apropiaron de estas ruinas. Muchos de ellos persisten, como si de esto dependiera una inalcanzable redención, en esa idea inútil de edificar por encima de estos restos aún vivos, aún latentes, aún ajenos, otras ruinas futuras. Está claro que no te han leído.

Veo, desde aquí, cómo una parejita purga su abulia profanando con nombres y con fechas tan sin importancia, tan fugaces, el busto del hombre aquel que, hace tanto tiempo y tan poco, secundara al prócer que enarbolaba ideales en las alturas. No sé por qué este hombre es también reverenciado aquí en Comala… Tampoco me importa, ¡qué más da!

Estoy parando en una vieja casona de siete ventanas. ¡Si supieras cómo gimen en vano sus paredes bajo las temblorosas bombillas que iluminan cada uno de sus ojos nones! Qué pena tan grande me embarga al contemplar la heroica puerta de cedro de hoja doble, aquella que supo de cristeros y de serenatas, todavía estoica, todavía altiva, obstinada en la tonta solemnidad de sus señores muertos.

En fin…Eso es lo que queda, Juan, de tu Comala. Los murmullos y yo, aquí dispuesta a cumplir aquella promesa olvidada en el foro del club de escritores que solía frecuentar: que te escribiría, Juan amado.

Que te escribiría así mis letras no te llegaran ni a los talones, así no obtuviera ni una estrella de mis colegas, así ni me leyeras allí donde estés mascando tierra… 

Doy fe: Comala existe.

Y yo… Bueno, he cumplido.

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