Querida madre. Sentado frente a la ventana de mi habitación le escribo unas palabras recordándola. ¡Cuánto echo de menos nuestras conversaciones! ¿Recuerda las risas que nos hacíamos? Todas las noches nos sentábamos junto a la chimenea y descargábamos nuestra rabia insultando cada minuto de vida de Pedro Páramo. El hombre que tanto nos robó. El hombre que tanto nos exasperó en nuestras vidas.
En Comala quedamos muy pocos madre. Me refiero en cuerpo y alma. Porque ya sé madre, que en almas quedamos muchos más. Yo lo sé. La escucho todas las noches cuando viene a verme, pero me da no sé qué, y me acurruco en mi camastro haciéndome el dormido. También escucho galopar al caballo de Miguel Páramo. Desde el día de su muerte, le escucho a diario desde la Media Luna, ya abandonada, hasta la otra punta del pueblo. Algunas noches, cuando ya me recojo, escucho a nuestros vecinos, Donato y Gertrudis, con las mismas discusiones que mantenían en vida.
A veces camino bajo las estrellas y siento en mi piel todos esos ruidos, ruidos untados en las paredes de las casas en ruinas. Y al paso de la cantina percibo el eco encerrado, el mismo que me hace estremecer al saber que ya nadie volverá, porque no queda nadie para empedarse, nadie para celebraciones, y nada para festejar. Los pocos que estamos llevamos la tristeza a cuestas hasta que nos llegue el día. Ese día volveremos a estar juntos madre. Y volveremos a sentarnos frente a la chimenea. A recordar. A reír. Mientras tanto, aquí seguiré, observando el polvo, la maleza que arrastra el viento, y escuchando los ecos de un pueblo abandonado.
«¡Marcial!» Grita mi compañero de paseos vespertinos. Yo le contesto como cada día «¡Voooy!» mientras me espera en el umbral. Mañana seguiré escribiendo madre. No debo hacer esperar a Basilio, ya recordará usted, que es muy impaciente. Voy a ejercitar mis viejas piernas sobre la tierra de nuestro querido pueblo. El pueblo donde las almas siguen navegando porque no obtuvieron su perdón.
Adiós madre. No haga mucho ruido esta noche que me desvelo.
Cartas desde el polvo
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