Epístola para Dolores Preciado

Epístola para Dolores Preciado

2 Aplausos

0 Puntos

12 Lecturas

14 de agosto

Mamá, hoy es el día de mi muerte… Ocurrirá exactamente a las 17:02 h, pero nadie a mi alrededor lo prevé. Todos actúan con normalidad. Mis hijos pequeños me dan los buenos días con alegría; mi mujer lo hace con el educado hastío de los últimos tiempos; mi mayor, cuando me ve aparecer, ni se molesta en alterar su mirada de piedra, esa que guarda solo para mí desde que entró en la adolescencia.

Yo me visto tranquilo, fingiendo que nada me importa, como hacía contigo cuando era pequeño y me tratabas de la misma forma, escaso de palabras y de gestos, como si ya fuese el habitante habitual de un cementerio y.… salgo… para no volver.

Camino sin rumbo, acompasado con el curso cansino de las agujas que dan ritmo al tiempo.

Voy dando vueltas a mi vida y a lo que he hecho con ella. Trato de descifrar los acontecimientos que me han acaecido y de valorar los errores y aciertos que he cometido.

A medida que discurro por quien he sido, encuentro un elemento común que me ha traído hasta este momento. Ese nexo eres tú, mamá.

Un tótem magnífico que ha guiado mis pasos desde crío en un continuo jeroglífico de exigencias, desabridos y silencios que sin duda han moldeado mi actual desasosiego.

El tic-tac del reloj me empuja a pensar que ha llegado la hora. Se cierra el círculo. Es momento de arrostrar los miedos y viajar en busca de ese mítico páramo que circundo mi vida. Ese lugar tan literario que conformó el paisaje de tu infancia, lugar que execraste en vida y al que me invitas a viajar en tus misivas actuales, esas que te ha dado por escribirme desde que te aconteció la muerte.

Para mí siempre fuiste y serás una mujer extraña. Silenciosa como un sepulcro en vida (me gobernabas solo con gestos y frases que desgarraban: “en mala hora me parieron en Cómala…” “El diablo tenga en su seno a ese tu padre… tu viva estampa”) y ahora, que deberías estar callada, por esa ley que dicta que los muertos no hablan, te has vuelto tan dicharachera, aunque igual de indescifrable (“Ve a Cómala y exígele a tu padre los que nos debe…”). Quién te entiende.

Bueno, mamá, me despido. Son las 16:57 h. Apenas me quedan cinco minutos, los justos para sellar esta carta y dejar que el viento la arrastre hasta tu nicho, después partiré como un fantasma. Necesito encontrarme con mi padre para que me cuente todo aquello que tú siempre me ocultaste por orgullo, vergüenza o miedo. Tengo que saber qué te hizo don Pedro para que aborrecieras de ese modo su recuerdo y, por ende, mi rostro, ese que él me legó como tantas veces me espetaste durante mi infancia.

Prometo escribirte sobre todo lo que averigüe y platique con cada uno de tus vecinos cuando me instale en tu antigua casa.

Se despide, apretando eternamente tus manos, tu hijo… Juan Preciado.

Votación a partir del 01/04

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS