El tiempo cubre todo de polvo

El tiempo cubre todo de polvo

0 Aplausos

0 Puntos

6 Lecturas

Han pasado cuatro años, siete meses y tres días desde que partiste. Son más de quinientas semanas masticando el sabor amargo de mi propia cobardía; esa que me amarró la lengua cuando debí decirte lo que me quemaba por dentro. Pero, aquí entre nos, qué otra opción tenía, si el miedo ya me había arrebatado las palabras.

Sigo en Comala, donde todo se borra menos los recuerdos. Me entretengo contando los días, mientras el calor no da tregua ni a la hora de dormir. Doy vueltas en mi lecho a la espera de un sueño que no llega. Cuando te fuiste el aire quedó suspendido.

Me dio miedo que mis palabras te pesaran, de que te apartaran de mí. Los hombres como tú necesitan caminos abiertos, no manos que los aten; por eso las escondí. Lo sabía cuando me quedaba callada mientras hablabas de otras tierras, cuando me mordía los labios para no decirte “no me dejes”. Creía que si no decía nada, si era como un fantasma, te tendría por más tiempo.

Elegí el silencio.

Guardé lo que sentía en un baúl pesado, escondido en el rincón más oscuro de mi pecho, donde ni yo misma me atreviera a mirar por puro terror a desbordar de amor. Dejé aquel objeto acumulando olvido con los años, ignorando su existencia con tal de no perder lo poco que recibía de ti. 

Ignoré mi corazón para no estorbarte, para ser esa presencia silenciosa que usaste a tu antojo. Fui un cuerpo más donde reposar el cansancio, antes de que te marcharas por esa vereda de la que nadie regresa.

Ahora, día tras día, me pregunto qué habría pasado si hubiese tenido el valor para ser sincera. Quizá te habrías ido igual, porque los hombres como tú no echan raíces, pero yo tendría al menos la satisfacción de la honestidad. En cambio, me quedé con este resentimiento que se pudre más rápido que los muertos.

Debería perdonarte por arrebatarme ese tiempo que para ti fue nada, pero no puedo. Eres un ingrato de sonrisa deslumbrante y palabras elegantes que se alimentó de mi inocencia. A estas alturas, ¿qué te han de importar los desvaríos de una mujer que no supo hablar a tiempo?

Fue fácil tomar este lápiz y escupir toda esta diatriba en el papel, refugiada en la distancia, sin tener que sostenerle la mirada al responsable de mis males. Es más fácil pelear con tu recuerdo que haber peleado por mi verdad.

Aquí sigo, apretando este papel arrugado contra mi pecho de piedra, susurrando tu nombre entre las grietas. Debatiendo si enviarte esta carta que no paro de leer y extender con cada día en pena que paso.

¿Volverías? ¿O simplemente harías caso omiso de mi existencia? De cualquier modo, ya no importaría. La mujer que conociste ya no existe; fue consumida por la soledad y el temor hasta reducirse, como todo en este pueblo, a puro polvo.

Votación a partir del 01/04

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS