
¡Qué calor! Bueno, esto no es calor, es bochorno, calima pura y dura. Aquí, sentada en esta casa donde hacía décadas que no había estado, me rodea el polvo que todo lo cubre y me obliga a recordar. Llevo años escribiendo historias, pero ahora se me ocurre escribirle una carta mental. ¿Que ya no va a responder? Lo sé. ¿Que no llegará a conocer mis sentimientos? También lo sé. Pero tengo que rescatar, como un último esfuerzo, lo que aún pesa en mi recuerdo.
Nadie nos contó nada, nunca, jamás, ni a mí ni a las otras tres pequeñas sombras apoyadas en la pared. La más pequeña apenas podía sostenerse. Nos ilusionábamos, siendo sombras, cuando aparecía su sonrisa, pero duraba tan poco que casi no guardamos recuerdos de ella. Yo tenía cuatro años y empezaba a entender, aunque nadie lo dijera, que algo se estaba yendo.
A veces me parece escucharlo por el patio del limonero, habitado por nuestras dos tortugas. ¿Se acuerda? Un limonero que usted plantó; un limonero en ese pueblo era como un milagro ante tanta piel de cocodrilo. La gente dejaba de murmurar cuando usted pasaba; ahora sé que era porque daba lástima. Me da ganas de preguntarle, si alguna vez pensó en nosotras. Si escuchó nuestros pasos, nuestros llantos, nuestras risas, o si todo pasó como si no estuviéramos presentes. ¿Era tan difícil quedarse quieto, detenerse un momento, cuidar lo que quedaba aquí?
Dicen en Comala que fue advertido muchas veces. Que todavía podía ser diferente. ¿Quiso ignorarlo? ¿O no le importó? Si suena a reproche, perdón; solo busco respuestas que ya no llegarán, aunque las llame con todas las palabras que todavía guardo. Quisiera un “lo siento”, pequeño, como lo es este pueblo, aunque salga polvo de su boca al decirlo. Dígalo. Diga algo.
Aquí, en Comala, gritas algo con ganas, muchas ganas, y creo que no sale nada afuera porque el sonido queda atrapado entre todo este polvo.No ha cambiado nada. Así que pregunto en voz baja por si llega mejor el sonido si alguna vez nos vio de verdad, si nos pensó. ¿Qué costaba cuidarse? ¿Qué costaba reducir las visitas al hospital al mínimo? Aun así, traté de llevar algo de mí a usted: el día de mi boda llevé mi ramo de novia a su tumba. Allí estaba yo, con mi madre y mi tía del alma, depositando el ramo, completamente segura de que no se fue por gusto, seguro que se lo llevaron… quien sea, la vida… No consentí que el polvo cubriera el ramo. Ya cubrió algo de mi vida.
Me quedé sin ti en Comala, viviendo una vida a medias. Sigo esperando a que se nos cuente la historia; cada vez es más difícil, porque los que podrían haberla contado ya tampoco están.
Te quiero, Papá. Ni más ni menos.
Cartas desde el polvo
OPINIONES Y COMENTARIOS