Carta a Sophie

Carta a Sophie

LuDeFeV

02/03/2026

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Comala, imposible saber qué día, mes o año,

Querida Sophie,

Hace ya tiempo que dejé la Francia orgullosa, verde, luminosa y que tantos buenos y felices recuerdos nos ha dejado. Seguro que los niños ya no son tan niños, y que tú peinarás alguna que otra cana. Rezo por que el disgusto que te di no te haya hecho crecer más cabellos blancos de la cuenta. Mi última carta debió sorprenderte, cómo ibas a esperar que encontrase este lugar olvidado de Dios y el rastro casi borrado por el tiempo y el polvo de mi familia. Nomás fue la suerte la que puso en mi camino a Herminio, aquel nómada que vivía de la herrería, la albañilería o la agricultura. No volví a verlo desde que llegamos. Yo me quedé, él siguió, y su despedida sigue resonando como un eco imperecedero en mi cráneo: «Acá sólo queda el mero silencio, compadre, yo sigo hacia valles más verdes, ¿no quiere usted acompañarme?».

Desde entonces, no he dejado de oír voces que me cuentan todos y cada uno de los pecados que cometió aquel hombre con el que aún no sé qué vínculo me une, el llamado Pedro Páramo. Su perdición causó la perdición de este lugar, y ahora entiendo, tal vez demasiado tarde, que toda alma que mete los pies aquí está condenada a quedarse, a no irse ya más nunca. Queda mucho por expiar, queda mucho perdón por llover del cielo. Pero ya no llueve. Ya sólo hay cielos azules, desnudos de nubes, coronados por un inclemente sol que todo lo ha secado, hasta el polvo está más seco aquí que en cualquier otro lugar del mundo. Quisiera llorar por mi triste destino, por haberos abandonado, pero ni eso puedo hacer ya.

Tal vez mi destino siempre fue volver aquí. Sólo te ruego, cuando recibas esta carta, que nunca permitas a ninguno de nuestros hijos venir en mi búsqueda. Que se queden en Europa para siempre. Todo lo que les espera aquí son recuerdos que vuelven al anochecer, voces que claman desde sus tumbas, y días interminables que se suceden sin variación, iguales los unos a los otros.

Voy a sellar esta carta y a dejarla en la entrada del pueblo. Con suerte, alguien pasará por allí, la recojerá y conseguirá hacertela llegar. No me llores, no pongas una cruz sin ataúd en el cementerio. En algún lugar entre el cielo y la tierra, sigo vivo. Y sigo lamentando mi decisión, mi obstinación sin remedio que me acompañó desde el día que nací y que me ha traído hasta este purgatorio azotado por el sol.

Siempre te querré,

Juan

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