Maita, perdón por no despedirme. Ya estoy más tranquilo, al haberme ido.
Sé que la partida les dejó un silencio y se siente en las habitaciones, en sus rostros…
Vi a papá, está contento, pudo conversar conmigo, cuenta que soportó inviernos, veranos, otoños y primaveras donde imaginaba un reencuentro con alguno de nosotros.
Aunque no lo quería tan pronto, sabía que debíamos estar con usted. Le abracé y conté que ustedes también algún día lo vendrán a visitar.
Maita, sé que quedaron conversaciones inconclusas, ropa sin colgar, cafés por tomar… El silencio era el mejor aliado, por eso me vine sin decirles una palabra, aún siento la mente confundida, ¿podrá ser esto real, o solo será que al abrir los ojos nuevamente veré esos ojos que me despertaban siempre con tanto amor?
Donde estoy no sé qué día es, ni siquiera me doy por enterado de la hora en que tengo que levantarme para cumplir con los deberes del día, ni cuáles serán mis nuevas obligaciones. Lo cierto es que, no se puede preocupar, mucho menos angustiar.
Vine pensando en todos ustedes, sintiendo esa necesidad de expresar y poder decirles que estaré con todos desde la distancia.
El camino aún es largo, y que antes de partir tuve un sueño, la veía sonriente, llena de gracia, caminando de la mano de papá, ¿Se imagina un reencuentro con su amor luego de 25 años?
Maita, usted vendría pronto con papá y conmigo, no sé si sea cierto, pero ya el tiempo lo dirá; todo es posible. Ojalá no, espero se quede más tiempo caminando las calles de Comala, aunque suene egoísta.
Que el polvo entre por las ventanas cada mañana al amanecer mientras usted prepara su café y las gallinas observan aquel ciempiés que no se puede mover.
Maita, yo estuve con ustedes en el funeral, yo vi como las lágrimas caían en cada uno de ustedes, como la brisa de los árboles sacudía. El sol calentaba, mientras enterraban el cuerpo de papá, pero también vi como enterraban el mío. Es curioso, porque una parte de mí no quería irse.
Aún faltaban velas por soplar, nacimientos que presenciar…
No teman por mí, yo estoy tranquilo. Cuídense mucho y sepan que no estoy solo. Después de veinticinco años papá me sostuvo en sus brazos como cuando era un niño. O tal vez, sigo siendo ese niño que amaba andar en bicicleta a las puestas de sol.
Todo es confuso, nuevo para mí. Los amo inmensamente, no quiero que me vengan a visitar tan pronto, aunque sobre un plato en la mesa, o cuando pasen por la plaza y vean que ya no estoy cuidando las plantas que florecían con cada gota de agua que era posible por mi cuidado diario.
Vivan, rían, bailen, lloren, y piensen en mí, pero con alegría. Ahora soy solo un fantasma que viaja y descubre este nuevo mundo, pero para ustedes seré ese recuerdo que está ahí en lo más profundo del corazón. Ese eco hecho cenizas.
Cartas desde el polvo
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