
Mi querido niño, mi triste ranita:
Tuve que marcharme sin despedidas ni adioses. Las paredes eran muy estrechas y el hastío demasiado grande. Me ahogaba. No estaba muerta, pero tampoco estaba viva. Los grillos cantaban a la noche sin estrellas, por eso nadie me oyó. Sé que me comprendes porque tú, igual que yo, sabes de intemperies y orfandades.
Quería ser una mujer como Bernarda, “La Caponera”.Ir de feria en feria cantando sus canciones , gritando sus palabras: “Quiero que el mundo sea mi casa, no que mi casa sea el mundo”.Por eso me fui en busca del Tío Celerino #bocadillo. Para que reescribiera de nuevo mi historia. Quería que nuevos colibrís libaran mis pechos. Esos que dices que son tan dulces como las flores de obelisco.
Pero me dijeron que el tío Celerino había muerto. Entonces, vagué dando tumbos. De aquí para allá. En brazos de hombres que estaban de paso. Igual que yo.
Me perdí en los caminos. Todos me parecían iguales. Todos subían y bajaban. No supe distinguirlos y me condujeron a Comala. Al instante, sentí que era un lugar de otro mundo. Me parecía que los pájaros ladraban y que los perros aullaban como lobos. De las piedras salían misteriosas voces y hasta del polvo salía un extraño quejido con solo pisarlo.
Mientras caminaba por el pueblo, noté un aire pegajoso que se adhería a mi garganta y que me impedía respirar. Intenté apoyarme, pero todo me daba vueltas. De repente, las nubes se cayeron del cielo y la tierra se inundó de niebla. Fue entonces cuando me agarró la muerte con sus garras y no pude escapar.
Pero la verdadera pesadilla comenzó cuando me di cuenta de que estaba en el cementerio, metida en una estrecha caja de madera y que cada noche me atormentaban las voces que invadían el lugar. Penas sin consuelo, sollozos, amores traicionados, velorios vacíos, quejas y remordimientos. Oír estas voces es un suplicio sin fin. Y hay, además, otra cosa que me atormenta: la humedad que me hace tiritar hasta el agotamiento. Me pregunto de dónde viene esta lluvia despiadada que pudre todo cuanto toca. Pudre la madera, la tierra, mis pensamientos, mi corazón… Tengo miedo de que un día también pudra mi alma. Mi triste y solitaria alma.
Por eso te he escrito esta carta, Macario. Está escrita con suspiros porque sé que es el único lenguaje que tú sabes leer. Ven, mi pequeño, ven a ayudarme. Quiero que me lleves lejos del camposanto. La Muerte no te tocará. No en este pueblo. Acostumbrada a tratar con los lugareños, no se acerca a cervatillos inocentes. Tampoco nadie te hará daño por el camino. Solo tienes que cruzar un par de páginas y llegarás a Comala. Déjame en un lugar donde el viento no traiga los murmullos de los muertos y donde el sol seque mis huesos. Haz que mi cuerpo sea un santuario para las lagartijas.
Te quiere,
Felipa
Cartas desde el polvo
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