¿Cartas? Esto no es una carta. Hace mucho que no escribo ninguna. Cuando todavía había papel y venía el cartero, quizá. Ahora solo las pienso y a veces las murmullo, las mías y las de otros. Es lo mismo. Tanto irse o quedarse, arriba o abajo, aquí todo da lo mismo. Solo se viene a la vida a morir. Estoyestabaestaré, tanto da, junto a la casa rota, partida por la mitad, donde se enreda la yerba capitana. Es lo único que brota, supongo.
Por la tarde veo al perro de arena, el Llanito le llaman, dormirse tumbado en la calle real. Hambriento de puro aburrimiento, hasta que le entra el sueño. Luego un golpe de aire seco lo desmorona. Apenas el Llanito se da cuenta y sigue durmiéndose o muriéndose, lo que suceda primero. Los ladridos llegan de noche, como un castigo del mismo infierno, desde debajo de la arena. Ya los he escuchado antes. Aún no sé qué pecado nos atiene aquí, pero no debió ser chico.
Aquí en Comala todo es echar de menos algoalguien hasta olvidarse de ello y después seguir echando de menos no sabiendo bien por qué, llámenlo costumbre, aferro, convicción. Los sueños y hasta el tuétano de la gente se han vuelto de arena. Los trae el viento cuando sopla, y sopla poco o nada. Simplemente se quedan flotando, los granos arenosos enredados en la yerba. Por eso todavía se oyen.
Los de la casa rota eran hermanos, o qué sé yo. Se murieron en cueros y así se quedaron, durmiendo junto al tejado derruido. De tanto verlos me he aprendido la geografía de sus cuerpos. Aquí no hay relaciones sexuales, en todo caso no en esa casa. Pueden ser sexuales, tal vez y si se le ofrece, mas no relaciones. A veces en mitad de la noche cae un chorro de arena por la cerradura, como si un malvado quisiera enterrarnos, una broma cósmica que le decimos. Como si apoyase su ojo para vernos, pero nunca se acaba de llenar.
El camino a Comala transita entre Contla y Sayula, o eso decían los mapas cuando había. Si no se ha borrado lo reviven en sucesión, las huellas sordas muertas del burro, las carretas vacías. Sin dolor, ya aceptado y olvidado el motivo. La piel cuarteada hasta el cerebro. Los pensamientos flotan ligeros por el pueblo y todos son de todos.
La otra noche, otro siglo, vino un chico enfermo a dormirse con los hermanos en cueros. Estaba estremecido, con un cuerpo que desfallecía una y otra vez en lugar de estarse quieto. Al final le faltó el aire. Desde luego vino al sitio erróneo a buscarlo. Ni siquiera cuando lo enterraron dejó de moverse y hablar. Creo que venía a buscar algo, pero quién aquí no. Un poco de él debió quedarse en la yerba al venirse abajo, aferrado con rencor. Supuse mal, no es la yerba lo único que brota de esta tierra maldita sorda. Es puro rencor mal afilado y hambriento.
Cartas desde el polvo
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