Me dictaron en sueños una carta, no logro recordarla toda, los sueños tienen esa particularidad. Pero sentí que gritaban en mis neuronas el nombre Comala. Y fue como una misiva que salía de las heridas purulentas de un pueblo.
La trascribo, lo que no recuerdo lo intuyo, lo presiento. Juan Rufo que me perdone.
“Esta carta la escribo todos los días.
Y todos los días la rompo.
No va dirigida a nadie.
No lleva nombre.
No lleva destino.
Va dirigida a todos.
Quiero decir que no soy de este mundo.
Estoy aquí porque alguien me creo. Mi padre. Ese hombre que sembraba hijos como quien reparte anonimatos, pero nunca se quedó a verlos cuando germinaban. Un hombre vacío de paternidad.
Nunca supo que yo existí. Me llamo Rufino Páramo. Mi madre me lo dijo.
Aunque ese nombre me queda grande, como una camisa hecha para otro cuerpo que sí alcanzó la vida.
Mi madre me lo explicó una vez, desde su voz que ya no era voz, sino un susurro:
—Naciste el día en que Dios andaba enfermo. Tosió sobre ti… y te dejó a medio hacer.
Desde entonces quedé suspendido aquí. Ni vivo. Ni muerto. Solo quedé.
No sé si nací en un país… o en una herida que todavía supura humores.
Este lugar se parece a una tierra molestada por hombres que confunden el amor con la posesión y la vida con la obediencia.
Mi padre era así. Todo lo que tocaba terminaba por marchitarse.
Y sin embargo, aquí estoy.
Cargando el remordimiento de no haber podido nacer del todo.
Pero si estas palabras logran escapar del polvo, y llegan a los vivos, escuchen esto:
Un pueblo que aprende a vivir bajo el abuso, el silencio y la falta de amor… termina por olvidarse de que estuvo vivo.
Y entonces se convierte en eco.
Y los hijos…los que vienen después, heredan no la tierra, sino la culpa.
Rompan el ciclo.
Antes de que también ustedes se vuelvan polvo.
—Rufino Páramo
El que casi fue.
Cartas desde el polvo
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