El Chueco

El Chueco

Josè Erazo

24/02/2026

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Para Juan

Vine de Sayula por dos asuntos: para alimentar a un animal hambriento que no me deja en paz y por enterarme de que viniste buscando a tu padre, mandado por la que no te parió. “El que dice ser Preciado está en Comala; que iba a conocer a Pedro Páramo”. Me avisó Abundio, pegado al sillón de su burro. Entonces me dije: llegó el momento de atar cabos. Y cosas del destino: te largaste antes de que pudiera verte y no fue porque tardé una semana en llegar, como me correspondía.

Hace tiempo, cuando era un chavo, vine a Comala por pura terquedad; aunque lo tenía prohibido, mi propósito era cultivar maíz para pagar mi crianza. Lo hice siguiendo al arriero, a escondidas; y justo llegué donde la maldad andaba vigilante: a la Media Luna.

“—No me importa cómo te llames; Mono Chueco te queda bien. Siembra lo que quieras; los Zopilotes me avisarán si los cascabeles volvieron allá. “

Con permiso de Pedro Páramo, tomé el camino que enfila a la sierra. Terco como soy, me detuve al observar dos buitres encaramados en el copo de un pochote al pie del cerro; solo faltaban las víboras.

¡Rrrrrrr!

Pocos días después empecé a oír voces y sonidos, sin saber de dónde venían.

¡Rrrrrrr!

Hasta que los murmullos de Lucas Páramo llegaron a mis oídos. Más adelante, logré verlo y mantener una conversación con él.

“—Te pareces mucho a mi padre, por eso no dudé.”

La última vez que Lucas Páramo se presentó en persona, llegó sobre Colorado, el caballo de Miguel Páramo. Un día antes del accidente. Fue entonces cuando Lucas reveló el secreto que Abundio había guardado con tanto recelo: la historia del niño que escondió en Sayula, el hijo de Dolores Preciado.

Eduviges no se metió en la cama con Pedro Páramo. Le pagó a «La Cuarraca» para que lo hiciera. Una semana después de Dorotea, Dolores parió. “ ¡Ese Saraguato no puede ser mi hijo!“

Ahora sabes quién es la que te acompaña.

.

P.D:

No me interesé en llevarte esta carta porque te llegaría como un murmullo, pero un nuevo episodio me obliga a visitarte.

No podía irme sin ocuparme de Colorado; tenía que alimentarlo con mis mazorcas para calmar el eco de sus cascos. Fui a encontrarme con él, allá debajo del pochote; ya estando cerca vi una polvareda que cubría el lugar y escuché el relincho. A medida que el polvo se asentaba, las figuras empezaban a surgir: Colorado observándome, Pedro Páramo encorvado sobre el caballo de su hijo y el padre Rentería de rodillas, implorando.

Sostuve varias mazorcas en mis manos y las llevé al hocico de Colorado que devoró con rapidez, mientras el jinete continuaba inmóvil y el padre oraba con fuerza, aferrado a un crucifijo.

Debajo de tu lápida pondré la carta y el crucifijo de Rentería. No te traigo lo que me dio Pedro Páramo; escucharas sus murmullos, yo: ¡Rrrrrrr!

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