Perdóname

Perdóname

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Querida:

Una cita a ciegas es como asomarse a un precipicio. Nunca sabes lo que guarda el fondo. Si osas precipitarte no hay que olvidarse los pies de gato por si se vuelve por donde se ha venido, se deben esconder los zapatos y borrar las huellas del camino. Tú y yo nos empujamos mutuamente al abismo. Perdóname, podría haber sido un hombre casado. Tú eras una indígena sin desposar en las noches de Comala.

Las calles me trajeron una encrucijada, lámpara o soledad y pedí los tres deseos: tu silueta, el albergue de tus ojos y tus comisuras. La voz de mi amo, la conciencia, siempre me devolvía a mi oasis desierto. El hambre te trajo a mi vida con unas gafas grandes y oscuras que cubrían hasta tus pópulos. Quizás querías ocultar el color de tu piel, como lo hacía tu ropa, mostrar tan solo tu voz y hacer de mi boca papilas.

Nuestras diferencias de saliva fonética nos convirtieron en infinitivos y pronombre. Cenar conmigo. Vestirme. Buscarte. El restaurante en segundas personas de aquel presente. Pide. Prueba. Ríe. Suspira. La noche ávida de idiomas en sugerencia: conocer mi vergel antes de despedirnos. Fuiste tú quien pronuncio la palabra mágica: ¿Entrar? Yo traduje el resto. No querías que nos vieran.

Cuando el anular duele más que la rutina. Cuando sabes que los kilómetros son más que la distancia. Cuando las franjas horarias se acuestan y no delatan, resulta más fácil lanzarse o dejarse empujar a la ingravidez del sin sentido. El vacío es denso. Hay cientos de poros donde agarrarse, tiempo para dejarse llevar, eternidades agarrándose de los labios, un callejón sin salida hasta el ombligo que te atrapa en un lado y en otro, un cáliz púbico donde comulgar para siempre, y cuando reina el silencio, hablar mirándose a los ojos.

Tras el suicidio, tras volver a probar suerte en el mismo acantilado, me enamoré del mar que llamaba a mi puerta las noches de tormenta y se dormía náufraga con la calma. Tú juventud eterna consiguió erosionar mi vida de rocas, depositar a los pies de nuestro oasis cuarzo, corales, salitre, y logró hacernos cala, playa, bahía. Yo recibía las olas de tu estómago y tú te alimentabas de mi tristeza.

Dormimos tantas sábanas juntos que todavía me desierto abrazado a tu almohada, como aquella noche que te sorprendí bailando frente al espejo del baño con tu desnudez enmascarada. Tu reflejo cruzaba hasta la ventana. Me levantó el sigilo. Quería amarte por la espalda. Pero antes de llegar a ella le regalaste a la pantalla el vocablo que creía tener para mi reservado.

—Cariño, pronto estaremos juntos.

Regresé a la cama y por la mañana te amé como no lo había hecho nunca. Te fuiste con el beso de todos los días y yo volví por donde había venido. Querida, era y soy un hombre casado sin dirección ni teléfono. Sigo en Comala, aunque jamás haya estado.

Con cariño Diego (para ti fui Pedro).

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