Día de Difuntos, 1928
En algún punto del camino a Comala, en medio de mi viaje, siempre circular, en un eterno retorno.
Al caer la tarde detengo mi mula cerca del cementerio para buscar un lugar seguro donde escribir. Se espera una noche llena de sombras y espantos.
Amigo Justino, desde la última vez que te escribí, muchos pensamientos me han roído como el comején a la madera. No puedo estar tranquilo en ningún lugar; no hay brisa suave que me refresque el alma atormentada por el fuego de la soledad. Hay muchos recuerdos que me atan al pueblo; es como si cada rincón de Comala me estuviera siguiendo a todas partes. Escucho sus lamentos, como si fueran los padres muriendo por defender el honor de sus hijas antes de ser violadas por los emisarios del diablo.
Cuando trato de conciliar el sueño, ruidos de violencia resuenan en mí, dejándome aturdido. ¿Será que correr como gallina ante la amenaza es traición? Aquí estoy huyendo, pero de mí mismo, de mi propia conciencia manchada por la corrupción, sin saber enfrentar el reclamo de aquellas almas a las que traicioné dejándome sobornar por oro, el cual será fundido para construir la forma de la paila ardiente que me espera en el infierno.
Compañero, te confieso con pena y dolor, no estuve del lado de los pobres de Comala, no los defendí del castigo, ni apagué sus llamas, no les brindé protección cuando les tocó huir al destierro. Ni cuando los despojaron de sus propias tierras. Sí, ellos son los verdaderos mártires que ahora gozan como almas limpias en el paraíso eterno. Ya no puedo hacer nada para reparar el daño que he causado en mi propia carne.
Ojalá yo encuentre un segundo de paz al saber que recibiste mi carta.
Te escribe quien ya no tiene tierra donde descansar.
Soy un alma en pena.

Cartas desde el polvo
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