El pueblo se vaciaba al caer la tarde, como si alguien hubiera apagado el interruptor general. Las persianas bajaban con ese quejido metálico de siempre y el viento arrastraba bolsas del súper por la plaza, donde el wifi municipal iba y venía como un fantasma. Yo regresé por culpa de un mensaje de voz que me dejó mi madre antes de morir. Lo escuché en el autobús de la ALSA, con los auriculares puestos, mientras la autovía se tragaba kilómetros de secano.
“Vuelve, hijo. Aquí aún respiran las paredes.”
Eso dijo. Y yo, claro, volví.
La casa olía a cerrado y a lejía barata. En la mesa camilla seguía el móvil viejo, un Android con la pantalla rajada, cargando una batería que ya no retenía nada. Lo encendí y parpadeó como si dudara. Tenía notificaciones de hacía meses: ofertas del banco, memes del grupo de la familia, audios sin abrir. Entre ellos, uno de mi primo Julián, el que se fue a Madrid a repartir comida en bici y acabó volviendo con la espalda rota y la mirada como apagada.
Salí a la calle. No había un alma, nadie, pero sentí que me miraban desde las ventanas. En el bar de Tere, la tele seguía encendida sin volumen, con tertulianos moviendo la boca como peces. Me senté en la terraza. La app del tiempo decía que iba a llover, pero el cielo estaba limpio, duro como una pantalla.
—Has tardado eh —me dijo una voz.
No supe de dónde salió. Pensé que era el altavoz del ayuntamiento, que a veces suelta avisos de cortes de agua. Pero no. Era Julián, apoyado en la farola, más flaco de lo que recordaba.
—Te escribí —dijo—. Nunca contestas, joder.
Le expliqué que cambié de número, que el trabajo en la ciudad me tenía frito, que los alquileres estaban por las nubes y que uno sobrevive como puede. Él se rió, un sonido seco.
—Aquí tampoco queda nada. Cerró la fábrica, se fueron casi todos los chavales. Solo quedan… perfiles sin foto y casas sin luz.
Miré alrededor. En cada puerta vi sombras, como si los vecinos estuvieran conectados a una red invisible, esperando cobertura para decir algo que ya nadie escucha. Sentí que el pueblo no estaba vacío, sino lleno de voces atrapadas en notas de audio, en estados que caducan.
Cuando quise volver a hablar con Julián, ya no estaba. En su lugar, el móvil vibró en mi bolsillo. Un mensaje suyo, con la hora marcada de hacía tres años: “No tardes. Esto se está muriendo.”
Alcé la vista. Las farolas se encendieron de golpe, como si alguien hubiera dado a “reiniciar”. Y comprendí que quizá, quizá nunca me fui del todo… que el pueblo me llevaba guardado en la memoria, esperando a que volviera a tener señal.
Cartas desde el polvo
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