Querido Ramiro, te escribo otra carta más para saber si pronto vendrás a Comala. Ya perdí la cuenta de las veces que he visto salir al sol, ese que no calienta, sino que quema la cara de uno cuando no lleva puesto un sombrero o un trapo para la cabeza; de las veces que he sentido al frío seco de las noches traspasar mi piel, abriéndose paso hasta mis huesos y me retuerzo en mi cama como si estuviera acostada en un comal.

Ya mamá me dijo que no te escriba más. Dice que no volverás jamás de los jamases, que así son los hombres como tú; no saben quedarse en un solo lugar y menos en un pueblo que apenas conocen tres gentes. Ella dice que estás acostumbrado al sol de las playas, a una caricia suave por parte del sol, que te gusta la buena comida, nada de frijoles y tortillas si no tienes tu carne del diario como plato principal. Acá no se podría hacer eso, se nos acabarían las gallinas en menos de un mes.

Si ella pudiera verte como yo te veo. Sí, eres un hombre distinto a los que andan en el pueblo o en la ciudad, no eres como los hombres que mamá describe. Tú tienes el cabello larguito, bien peinado; tus lentes redonditos que dejan ver mejor tus ojos tiernos, de artista. A eso dijiste que te dedicabas cuando de mi oreja sacaste una moneda de veinte pesos. Me da miedo contarle de tu profesión a mamá, a lo mejor te tacha de brujo, de adorador de Satanás, pero yo sé que no eres así. Supongo que así son los artistas, incomprendidos por su familia. Igual yo quiero ser artista, como tú. Ya casi termino un retrato tuyo, te lo entregaré cuando llegues.

Espero que pronto atiendas mis cartas. Tengo la esperanza de que lleguen a tus manos, porque ambos somos artistas, porque tienes esos poderes que no son humanos; con los que no solo sacas monedas de las orejas, sino también haces aparecer flores y hasta palomas que nacen de tus mangas. Después de todo, aquí todos están muertos y las cartas nunca llegan a donde deben llegar.

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