
No me conociste o me ignoraste, pero estuve aquí hasta mi muerte, y aquí sigo.
A tu partida ya estaban plantadas la desolación y las almas en pena; pensé que no podría continuar en este lugar lejos de Dios. Pero aquí estoy.
Mi casa es la que se divisa allá en la loma, camino a la Media Luna.
Desde muy escuincle, mi padre me heredó el cariño a la tierra; me decía: “Aunque la veas seca, ya verás que nos da de comer”. Buenas friegas era madrugar, pero más cuando tenías el sol a cuestas. Más tarde entendería.
Algunas veces salía a jugar con Lupe y Florentino al tiro al blanco con la resortera, hasta que Florentino, sin querer, le atinó a mi ojo izquierdo y casi me deja tuerto. Mi madre decía: “Al ver tu camisa ensangrentada y el ojo medio reventado, la sangre se me heló”.
Más de un mes estuve en un cuarto tan oscuro como esta caja donde ahora me encuentro exilado. Solo con mis vivencias, y mis ojos cerrados.
A Florentino le quitaron la resortera, pero una tarde, de repente, sintió un pinchazo en su pie; un alacrán, de esos güeros ponzoñosos, lo agarró desprevenido. En su cama se retorcía; su corazón parecía salirse y, entre su balbuceo, señalaba su garganta, hasta que se fue muriendo. No sé si andará por ahí penando con su resortera en mano.
Cuando creció Lupe, me prendí por lo rechula que se puso. Apenas tuve terminado el jacal, me la robé a la buena para ser familia y nos arrejuntamos; los hijos llegaron y la vida era sin sobresaltos. Ahora veo que no solo la tierra era árida.
Conocía al resto de la gente, pero nada tenía que ver con ellos más allá de vivir bajo el mismo cielo y darles los buenos días. A mí me bastaban mi tierra, mi Lupe y mis chamacos.
Mi muerte no fue el final de todo como yo suponía. Ese día mi Lupe tuvo que visitar a su tata por unas dolencias; muy de mañana, se alistó para agarrar camino, pero antes ya había preparado mi morral con mi almuerzo, que ya ni probé. Me despidió dándome la bendición de siempre, pero esta vez me causó un escalofrío al que no le di mucha importancia.
A media faena, una punzada en el pecho me nubló la vista y me tumbó fulminado; quedé atorado en la yunta, que me arrastró por los surcos, haciéndome tragar mi propia tierra. Ya no sentí dolor, pero me di cuenta de lo que pasaba; entonces recordé a mi padre.
Mi Lupe se quedó sola con los chilpayates, y ese día la pobre, toda angustiada, me fue a encontrar a media parcela y hasta tuvo que limpiar mi cuerpo maltrecho para darme sepultura.
Hay más por contar, pero el sepulcro me reclama.
Tus ojos ya secos nunca me vieron y tampoco leerán esta carta, pero yo seguiré aquí, entre la niebla y el polvo de Comala.
Zenaido García
Cartas desde el polvo
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