A… (¿alguien allí?):
Le escribo desde este lugarcillo en el mundo, uno que parece dormido, aunque nunca descansa.
Aquí, el silencio, dicen, respira. Se mete en los huesos como polvo y se queda ahí, haciendo hogar.
Yo también me quedé, aunque a veces no sé si sigo siendo yo o… apenas el recuerdo de alguien que soñó con irse.
Comala arde, sin llamas. El calor sube desde la tierra como un suspiro, debajo enterradas todas las palabras que no se dijeron (… a tiempo).
Las calles parecen vacías, pero uno percibe que… lo miran. No ojos, memorias. Y éstas, sí, pesan más que cualquier cuerpo.
He aprendido que aquí los días avanzan lentísimo: se repiten. El mismo gallo que canta, la misma puerta que cruje, el mismo viento que levanta la ceniza del ayer.
A veces me pregunto si el futuro no será apenas una sombra poco más larga del pasado. Pero luego, sin saber por qué, me asalta una esperanza pequeña, como una brasa que no termina nunca de apagarse.
Dicen que hubo tiempos en que la tierra daba maíz y las risas se oían hasta el otro lado del llano. No los vi, pero trato de imaginarlo.
Me aferro a esa visión como quien se agarra a un maderillo en medio de la creciente. Porque si alguna vez la vida brotó de esta tierra reseca, ¿por qué no habría de hacerlo, otra vez?
Aquí los muertos hablan bajito. No asustan, je, aconsejan. Dicen que uno no debe confiar demasiado en las promesas de los hombres, pero tampoco en la resignación. “La tierra escucha”, murmuran. Yo quiero creer que oye también nuestros deseos, aunque estén dichos con miedo.
Sueño con un pueblo distinto. ¿Un paraíso? No, porque eso sería pedirle demasiado al cielo: un lugar donde los pasos de los niños vuelvan a sonar sobre las piedras. Donde las mujeres no bajen la mirada por costumbre, sino que la levanten para calcular el horizonte. Donde los hombres no hereden rencores como si fueran parcelas.
Imagino que un día la lluvia caerá sin pedir permiso y no será mera tormenta, sino bendición. Las paredes, en vez de guardar lamentos, sostendrán risas. El calor no será castigo, sino abrazo tibio al caer la tarde. Y que quienes se fueron —o se quedaron sin irse— encontrarán descanso en la certeza de que algo grande cambió.
No sé si yo veré ese tiempo. Tal vez mi voz termine mezclada con las otras, volviéndose apenas eco.
Solo escribo porque creo que las palabras son semillas. Se entierran en la oscuridad y, aunque tarden, encontrarán luz.
Si alguna vez llega usted aquí y siente que el aire pesa demasiado, no se asuste. Escuche, sea paciente.
Debajo del murmullo hay una voluntad que no se rinde. Este pueblo, que parece hecho de polvo y culpa, guarda todavía un corazón latiendo despacito.
Y mientras haya un latido, por débil que sea, habrá esperanza de un futuro mejor.
Aquí, incluso en medio del silencio, la vida… insiste.
Cartas desde el polvo
OPINIONES Y COMENTARIOS