
Comala, ciudad congelada por los recuerdos, aquí comenzó todo, primero amor, luego dolor y al final ira cabalgando sobre nuestras mentes.
Construimos un castillo donde el tiempo y los sueños eran pura magia.
Sonrisas compartidas, abrazos que llenaban el alma, besos con sabor a chocolate… y mandarinas que nos hacían brillar como rayitos de sol.
No existían días oscuros para nosotros, un día gris, era un día de creación, lleno de fantasía, donde las nubes con sus formas, dibujaban caballos voladores, dragones, hadas y duendes.
El cielo se convertía en un escenario para nosotros, escribíamos como locos el guion y luego… lo guardábamos como tesoros en nuestro corazón.
Nos gustaba merendar en medio de un campo lleno de flores silvestres, observar los árboles agigantados , sentir como las mariposas de colores revoloteaban a nuestro alrededor, escuchar el canto de los pajarillos y percibir el olor a primavera.
De pronto ese castillo se derrumbó dejando un muro de distancia entre nosotros, los días pasaban, y así fue como me convertí en la abuela arena, un soplo de aire me hizo desaparecer de vuestras vidas.
Los recuerdos se convirtieron en heridas cada vez más profundas, os escribía cartas que quedaban colgadas con pinzas en el tiempo y mientras tanto… ibais creciendo… y yo envejeciendo.
Cierro los ojos y maldigo Comala, ciudad silenciosa, donde el atardecer se ha convertido en afilados cristales que cortan hasta el aliento.
Cuando comienza a oscurecer trasteo en mi pequeño baúl, aún conservo algunas fotografías y dibujos que hicisteis con tanta ilusión, quien iba a imaginar que aquel beso fue un adiós… un adiós de esos que te rompen por dentro.
Me duele que hayan sembrado emociones y pensamientos que no nacen de vuestros corazones, relámpagos que se llevan ilusiones y estallan como truenos en un mundo creado desde sombras y mentiras.
No solo hay una abuela soñando por estar a vuestro lado, también hay un padre y una tía que juntos esperan ese nuevo reencuentro.
Ese vacío que siento dentro de mi… tan lleno de tristeza… lo he convertido en esperanza, porque el amor de verdad encuentra siempre el camino de regreso a casa.
He aprendido a vivir con esos anhelos y ese deseo loco de volver a compartir esos días de luz, ternura y felicidad.
Aquí sigo, aquí seguiré, al final del camino, en esta maldita ciudad, esperando un rayito de sol y con las manos llenas de amor.
Por el agua que hace florecer las flores, por las estrellas que escuchan los deseos y por el camino llamado vida, eso… es Comala para mi, una ciudad que arrebata, pero siempre deja una puerta abierta para los que una vez se marcharon y aún no han regresado.
Por vosotros con todo mi amor,
Cartas desde el polvo
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