La buenaventura me dijo que volverías con forma de serrucho, quizás un homenaje al invento que alimentó la cólera de tu tío, más que un padre.
No habría nadie. Mis temporadas fuera de casa se alargan cada vez más. Arrastro la carreta por los caminos y, cuando regreso, apenas tengo fuerzas ni ganas de comer algo, subir a tientas las escaleras y desaparecer junto a aquel pesebre de heno que me sirve de jergón.
Cuando
camino siento a la vez la ligereza de unos pies alados y los hierros de
un peso muy grave que me ata a los hilos de mi destino.
Si oyen llegar mis pasos, siempre se acerca una mujer con una jarra para echarme de beber en un vaso o traer un tazón de leche recién ordeñada. Ya saben mis
rutinas de arriero que gasta los caminos, deja la huella de su calzado
en el polvo y trae las conversaciones y los ecos que se hablaron en
otros pueblos, en otros países, en otras lenguas, en tantos oídos que
como los oídos de aquí sólo se hacen a la idea de la solidez del mundo con el vago suspiro de las palabras, esos vagidos que tratan de hacer realidad lo desconocido.
De todas las herramientas que guardo en mi taller, el serrucho es la que se acomoda mejor a la mano. Nunca intuí que tras la caricia aún caliente de la madera y la canción vibrátil de la hoja pudieras estar tú engendrado, Antelo, hijo mío.
En los libros hallé que en los tiempos remotos ingeniaste la sierra cuando la mordedura de una serpiente desgarró a un ratón, ya que el gesto, el afán de morder y rasgar la presa, se hizo luz en tu cabeza y resolvió el problema que tantos antes no supieron ver. Tras esa iluminación los pasos te llevaron a una fragua donde en pocos minutos nació el artilugio.
Cuando vuelvo de los caminos, Antelo, no puedo pensar en nada ni sentir nada ni mi reposo en el jergón escapa en sueños alegres o tristes que pueda recordar. Me mantengo en estado de espera, vacío, sin ánimo, sin sufrimiento ni dolores ni deseos ni ansia de vivir. Solo. Un cuerpo vacío en un cofre lleno de paja.
Por eso a veces regreso tarde a casa. Y ando por los caminos, uncida a la yunta dos flacas yeguas, y un borrico que nos acompaña por si tengo que aparcar la carreta y salir en busca de alimento o medicinas. La vida del arriero es un lento errar por lugares en donde nadie le espera, entre un suelo terco y cambiante y un cielo donde siempre brillan las estrellas que uno no comprende, pero siente su belleza y lejanía.
Estas letras te invocan, Antelo, el hijo que no tuve, el que unas curanderas me auguraron que vendría a visitarme cuando llegara mi hora.
Cartas desde el polvo
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