25 de marzo de 2020
Querida hija:
En cuanto recobré el conocimiento, me encontré en un lugar indescriptible que me eriza la piel: la cuna de la angustia. Sentí una opresión insoportable. Vacío. Oscuro. Solitario. Como una pesadilla de la cual debes despertar de inmediato; sin embargo, deambulo como un ebrio en un paisaje lóbrego: un laberinto de palabras borroneadas sobre un fondo polvoriento y gris, en lo más árido de Comala.
Recuerda el calor del poniente, con olor a fango estancado. En este sitio quise escribirte una carta.
Creí que todo esto pasaría al abrir los ojos. Pero no. Hace poco estaba con un empleado que escuchaba y asentía a mis caprichos. Necesitaba eso. Gasté años en proyectos; nunca me sentí saciado. Terminaba uno… y ya buscaba otro más ambicioso. Me decías: «¿Hasta cuándo, papá? ¿Cuándo tendrás suficiente?». Pero vigilaba todo. No permitiría que nadie se burlara de mí.
Pagaba con billetes sueltos para contarlos frente a ellos. Me mofaba por dentro. Buscaba ambición en sus ojos, pero algunos apretaban los dientes. Ahora entiendo: hería su dignidad. Reían cuando yo reía, incluso si los humillaba. Mi gloria fue un espejismo.
Crecí como un árbol frondoso. Bajo mi sombra… nada crecía. Ahora estoy solo, seco, en este páramo. Nadie me contradecía, ni mi conciencia. Apagué esa voz.
Ahora estoy rodeado de ecos y tinieblas. Siento espanto. Me aferro a que estas palabras te alcancen, mientras intento no perder la cordura. Este lugar… no sé si es un sitio o un espejo de lo que soy. Tal vez, después de haber vivido envuelto en un velo de inmundicia, se disipa la ebriedad del ego.
Me pavoneaba mientras mi voz saturaba el ambiente, exhalando orgullo, con el cuello erguido, enrojecido, mientras latían mis carótidas. Luego fingía calma. Me volví prisionero de mí mismo.
Recientemente fue mi cumpleaños. Con todas mis fuerzas, había decidido morir ese día… pero nada puedo controlar. Abro los ojos y sigo aquí, en esta cama de rocas que me produce llagas. Cuánto he anhelado que llegue mi último suspiro, pero en vano lo espero y se prolonga mi agonía. Veo la palidez de la muerte aferrada a mis piernas y brazos, piel y huesos. No me reconozco. En medio del calor de la fiebre y el desvarío siento insectos que caminan por mi piel. Entre el tintineo del hospital y sábanas blancas, ¡cuán frágil soy!
¿Recuerdas aquel día? Estabas allí. En tu mirada había pena y reproche. Cumplías con estar, pero no había amor o tal vez sí, porque amar también es estar a pesar del dolor.
Cuando te dije: «Yo nunca hice mal a nadie», me equivoqué… y lo entiendo demasiado tarde.
A lo lejos se oye una voz ininteligible balbuceando: arrabatancataleracomala… perdón, perdón, perdón…
Cartas desde el polvo
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