Suena el despertador. Te levantas. Te duchas. Preparas el desayuno. Enciendes la radio. Escuchas que hace un rato se ha cambiado la hora y te sorprendes. La voz de la locutora suena más cercana que de costumbre. Observas el transistor durante unos segundos. Se ha ido acercando poco a poco, y por su cuenta, hacia tu tazón de café con leche. 

De todas maneras, vas a llegar a tiempo para poder hacer el reparto. Tu teléfono móvil se ha actualizado automáticamente. A las dos se han hecho las tres. Son las cinco y cuarto.

Te montas en la furgoneta de reparto. Giras la llave. Pones la calefacción. Mientras, el GPS se encarga de dar un pitido. Echas un vistazo. Te ofrece una ruta alternativa a la que siempre haces. Ni caso. Conduces los tres primeros kilómetros del recorrido de siempre sin pensar en nada más que en la película que piensas regalar a una compañera de trabajo que te gusta, y que cumple años mañana. Una de miedo.

Hasta que te encuentras con un corte en la carretera. Hay algo que se parece a un gran camión, -podría ser también un muro cortafuegos-, cruzado en la vía. Debes regresar. Finalmente, llegas a la panificadora siguiendo el itinerario que amablemente te indicaba tu GPS hace un rato.

Estacionas. Subes las escalerillas que dan paso al almacén. Los panes no solamente están cocidos, sino que ya han sido introducidos en las grandes bolsas de papel que debes repartir.

La joven encargada que te gustaría seducir no está. Sin embargo, te acercas a su mesa. Su ordenador está encendido. El monitor muestra, parpadeando insistentemente, el formulario de recogida que deberías suscribir para poder empezar a hacer el reparto. De la impresora que está a su lado, va saliendo, poco a poco, el mismo documento, en forma de papel, que claramente se te ofrece para que lo firmes. Y lo haces. 

Vas bajando poco a poco los sacos de pan hasta la furgoneta. Los cargas. Te marchas, y te diriges hacia el centro de una ciudad que todavía duerme. Comienza a amanecer. En cuestión de segundos, en el parabrisas del vehículo, se refleja una fuerte luz pixelada, irreal. Tu visión se cuartea en cada vez más pequeños cuadrados de realidad. Hasta que logras enfocar la vista en uno solo, y puedes seguir conduciendo.

Adviertes que los semáforos siempre están en verde para ti. Haces una prueba. Detienes la furgoneta. Aún en rojo el disco, en cuanto aceleras un poco, de forma automática pasa al verde. Te preguntas si acelerando hasta más allá del límite de velocidad, puedes seguir teniendo vía libre. Compruebas que es exactamente lo que sucede. Alcanzas los noventa kilómetros por hora en la avenida principal. Apenas hay tráfico, por otro lado. 

Llegas a la primera panadería. Todavía está cerrada. O lo estaba, porque nada más acercarte, una de las persianas comienza a elevarse, y la puerta del local se abre sola. Depositas un par de sacos rebosantes de barras de pan.

A estas alturas, cuentas con que, encima del mostrador, al lado de la caja, vas a encontrar un albarán de entrega firmado. Así es. 40 barras de pan blanco. 10 integrales. Perfecto. Recoges el papel.

Tu velocidad media de reparto aumenta sin parar. Cada vez lo haces más rápido. Y además te estás ahorrando hasta los buenos días que hay que dar por educación a las veteranas y poco atractivas panaderas que apenas se pueden mover, o hacen que no pueden hacerlo. Sueles poco menos tener que colocar tú mismo las barras de pan en sus respectivas baldas, según su masa lleve sal, pipas de girasol, o levadura de espelta. 

Se te está simplificando tanto el trabajo que hasta la misma furgoneta empieza a conducir por sí misma. Solamente tienes que sentarte, y observar. Ahora, los cuadraditos de realidad se reflejan tan pequeños en el parabrisas que te ayudas de tu teléfono móvil para grabarlos, y visionarlos, comparándolos con otros que ves a la simple luz de ese amanecer que no termina de finalizar. Porque, ¿acaso ves el resplandor del sol? ¿O solo una especie de neblina rojiza que es la antesala a la vida?

Cierras la portezuela trasera por última vez. Fin del reparto. Te fumas un cigarro. De tu boca sale despedido un humo que se mezcla con la niebla circundante. Y lo aspiras y expiras a medio camino entre las dos aceras desiertas que te rodean, en medio de la vía pública, porque sabes que no puede atropellarte ningún automóvil. Son lo suficientemente inteligentes como para detectarte a doscientos metros de distancia, aún en la oscuridad más absoluta, acelerando y frenando en el momento preciso, mientras su conductor se entretiene como puede, bien acariciando la empuñadura de la caja de cambios, bien informándose sobre si va a llover o no.

Y, cuando te dispones a subirte de nuevo a la furgoneta, te das cuenta de que no puedes abrir la puerta del conductor. Forcejeas. Lo intentas con la del copiloto. Nada que hacer. Haces un amago de patada contra su neumático delantero derecho. El cual comienza a rodar. Tu medio de vida se aleja por la avenida principal de una ciudad, la tuya, que todavía duerme. Y cuando se despierte, podrá disfrutar de los panes que tú nunca más volverás a repartir.

Insignificante pieza en un tablero, que, para seguir siendo útil y estable, debe actualizarse constantemente.

Reparto

Tu puntuación:

URL de esta publicación:

OPINIONES Y COMENTARIOS

comments powered by Disqus