Yo soy el Camino, la Verdad y la Vida.

JUAN  14, 6-14

 Deogracias Bonome semejaba uno de esos funcionarios que siempre pasan desapercibidos; una de esas personas  a las que nunca sirven tapa en el bar, mientras ven como desfilan delante de sus narices apetitosos pinchos con los que obsequian a los que están a su lado en la barra.

   A sus cincuenta y siete años estaba pendiente de que un reajuste de plantilla lo dejase en la calle, aunque con una prejubilación muy aceptable. “No es mala perspectiva”  —pensaba ahora, sobre todo después de que un reciente amago de infarto le hiciera replantearse su vida y la frenética actividad laboral. Nació en un apacible pueblo de la provincia de Córdoba y siendo muy joven se trasladó a una localidad de las afueras de Madrid. Durante treinta y dos años tuvo que recorrer diariamente en su automóvil, para ir al trabajo, los noventa y dos kilómetros que entre ida y vuelta lo separaban de su domicilio.

  El día siguiente al que le comunicaron por burofax, que se presentara en la oficina para recoger sus pertenencias, Deogracias se levantó muy temprano, se acicaló con parsimonia y se vistió el mismo traje marrón claro del día de su boda. Se contempló complacido en un espejo del armario de su alcoba y esbozó una sonrisa. Era un día frío y lluvioso de finales de noviembre. Con unos guantes de loneta y una espátula de plástico retiró la gruesa capa de escarcha acumulada en los cristales del vehículo y poco después, conduciendo de forma maquinal, se detenía en un centro comercial que le pillaba de camino.

  Siempre se había sentido atraído por las “nuevas tecnologías”, aunque nunca le pudo dedicar la atención deseada. “Ahora es el momento” –pensó. Aparcó cerca de una tienda de artículos electrónicos, y media hora más tarde instalaba en su coche el flamante navegador que muchas veces le había tentado desde la pantalla del televisor. Se acomodó en su asiento y siguiendo las instrucciones del manual lo configuró para ponerlo en funcionamiento. Al poco rato, una voz de mujer que surgió de las profundidades de aquel artefacto, le hizo dar un respingo: “Gracias por haber adquirido nuestro producto. Mi nombre es Alba y desde ahora seré su compañera de viaje.Toque la pantalla para iniciar”. Deogracias sintió como su respiración se agitaba, como agradecía esa dicción tan cercana y como lamentó que aquella voz sugerente no le hubiera acompañado en sus solitarios viajes de tantos años. “Introduzca su lugar de destino”  –exclamó de nuevo aquella voz aterciopelada. Deogracias tecleó la dirección de su lugar de trabajo, en una sucursal bancaria del barrio de Usera, y la voz femenina le contestó de inmediato: “Gracias, siga mis instrucciones” .

  El zumbido del limpiaparabrisas barriendo el cristal delantero lo acompañó parte del trayecto, y una densa niebla baja apenas le permitía ver más allá de cincuenta metros. Por suerte, aquella voz suave le iba indicando la ruta más idónea, que hasta el momento coincidía con su itinerario habitual. “Después de ochocientos metros, manténgase a la derecha”  –dijo aquella voz sugerente. “Después de doscientos metros, tome la salida”  —añadió poco después. Deogracias, se sorprendió de que en ese instante el itinerario recomendado fuese distinto del que estaba habituado a recorrer, pero no le cupo la menor duda de que Alba, con aquella voz que tanto le subyugaba, le diría la ruta más conveniente. “Después de trescientos metros, gire en la rotonda, segunda salida” –le ordenó de nuevo aquella voz, con un tono que le pareció un poco más distante.  

  La salida indicada concluyó a los pocos metros con la entrada a un túnel de un solo sentido y escasa iluminación. Según avanzaba, la oscuridad se hacía cada vez más intensa y poco después tan solo la rompía el cono de luz proyectada por los faros del vehículo; poco más tarde se perdió la señal del satélite. Cuanto más se adentraba en aquella negrura, más aumentaba su angustia; comenzó a sentir una fuerte opresión en el pecho mientras se aflojaba inquieto el nudo de la corbata. Nunca llegó a saber cuantos kilómetros recorrió ni cuanto tiempo duró el recorrido por aquella caverna.

Cuando por fin salió a la luz, el paisaje que se abría ante sus ojos nada tenía que ver con el que dejaba atrás: estaba en medio de una extensa campiña dividida por aquella larga carretera y donde el sol brillaba con toda su intensidad en un cielo azul y despejado. Aminoró la velocidad, se detuvo en el arcén y al salir del vehículo se despojó nerviosamente de la chaqueta y la corbata.

Consultó la pantalla del navegador, pero en ella no había la menor indicación del lugar donde se encontraba. Segundos más tarde la ansiada voz de Alba le susurró de nuevo: “Siga recto y manténgase a la derecha”.  Puso el auto en marcha y pocos kilómetros después Deogracias comenzó a notar una intensa sudoración fría y como la camisa, totalmente empapada, se le pegaba a su cuerpo tembloroso; entonces, como entre brumas, escuchó la voz de Alba, en esta ocasión entremezclada con una suave melodía clásica: “Después de cuatrocientos metros, al final de la carretera, ha llegado a su destino”

¡No! ¡No puede ser! ¡Es imposible!  —bramó desencajado Deogracias, completamente fuera de si y respirando fatigosamente. De pronto, sintió una especie de aguda punzada en el costado que fue subiendo hasta asentársele como un navajazo en mitad del pecho; luego, tan solo alcanzó a ver un tramo de carretera flanqueada por dos hileras de altos cipreses, antes de desplomarse fulminado sobre el volante. El vehículo, sin control, impactó de costado contra un alto muro blanqueado y se deslizó varios metros a lo largo del mismo, parándose finalmente junto a una robusta cancela de hierro forjado.

Cuando el juez de guardia autorizó el levantamiento del cadáver de Deogracias, que extrajeron del interior de aquel vehículo detenido a las puertas del pequeño cementerio de su pueblo natal, la voz de Alba, claramente emocionada, repitió por última vez: “Ha llegado a su destino”.

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